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martes, 22 de mayo de 2012

Pontedeume, la legendaria villa de los Andrade (IV)

Sobre vinos y fogones.
Con esta cuarta entrega doy por terminado el recorrido por la villa de los Andrade. El siguiente texto de Juan Eslava Galán me sirve como introducción para iniciar un suculento paseo de índole gastronómica y festiva por Ponte de Ume.

Se come estupendamente, a la gallega, en las tabernas y establecimientos de la ría. Aquí el viajero, mientras traían el pulpo humeante, rastrillaba con la firme corteza del pan la mantequilla perlada de suero y aspirando aromas de la cocina se llevaba el manjar golosamente a la boca”. (“Mil sitios que ver en España al menos una vez en la vida", Juan  Eslava Galán).

No sólo recuerdo este breve texto de Juan Eslava Galán sobre la gastronomía de esta localidad, sino que también se han asomado al  balcón de mi memoria las palabras escritas por Ramón Loureiro en un artículo periodístico dedicado a la villa de los Andrade y que decía algo así como que “las calles (se refería a las de Pontedeume), como en muchos de los lugares que llevamos dentro, huelen a café y a churros recién hechos…” Y, en verdad, que los primeros recuerdos aromáticos que conservo de este pueblo son los procedentes de un pequeño negocio, a la entrada de la villa, muy próximo al muelle y al que mis padres me llevaban a tomar un exquisito chocolate acompañado, precisamente, de unos deliciosos churros.

Pero para referirme al arte gastronómico, debo remitirme, obligatoriamente, a las “Cantinas do Eume”. Unas cuantas se sitúan en la ruta que se dirige hacia Caaveiro. Se trata de una red ejemplar de negocios hosteleros y de restauración -algunos de ellos se encontraban en una fase decadente- que renovaron y reciclaron, con gran estilo, tanto sus instalaciones como la elaboración de sus guisos y de sus habilidades culinarias. Es destacable la acertada iniciativa para convertir unos viejos negocios de hostelería en estas modernas y acogedoras cantinas, en donde degustar una oferta gastronómica apetitosa y tradicional.





Ya que Pontedeume es una villa para descubrirla mientras se recorre su sencillo entramado urbano salpicado de negocios y de bares, recomiendo realizar visitas gastronómicas y enológicas por los diversos establecimientos dedicados a este tipo de servicio, degustando una variada gama de platos propios y de calidad. Muchos son locales de toda la vida, mesones típicos con fuerte olor a vino y que, aún, conservan esa solera y ese encanto de antaño; tabernas abarrotadas hacia el mediodía, buen momento para paladear unos caldos que deleitarán nuestro ánimo y para saborear desde unas exquisitas tripas cocidas, hasta una ración de marisco de nuestras rías, pasando por unos sencillos, pero suculentos, platos de zorza o de raxo; o bien conocer el sabor complejo de la costrada, algo parecido a una superposición de varias capas de una masa especial entre las que se intercala el relleno realizado con diversos tipos de carnes, marisco o pescados. Se dice que la costrada fue introducida, allá por la Edad Media, por los monjes agustinos que venían de Italia. Y para los más golosos, no puede faltar una excelente repostería de apetitosos dulces como los almendrados, la proia -realizada con manteca-, la tarta de huevo, el manguito -bizcocho redondo con almendra-, o los melindres.




Y si es sábado el día elegido para acercarse hasta la villa de los Andrade, la degustación de la oferta gastronómica se complementará con un recorrido por su Feirón, todo un apogeo de tenderetes. Aunque hace unos años que no acudo a este famoso evento que anima la villa todas las tardes de los sábados, conservo en mi retina el colorido de los variados puestos de venta que se desparraman por las angostas calles, plazas y soportales: vendedores de quesos, verduras, de ropa, artesanos,…. Guardo la algarabía de sonidos y de regateos mercantiles que se confunden entre mil y una conversaciones, y de los olores a frutas, hortalizas, empanadas, y embutidos que flotan entre el bullicio de sus callejuelas. Es difícil abandonar la villa sin adquirir alguno de esos productos en este mercado que tiene sus orígenes en la concesión que Enrique IV hizo a Ponte de Ume en el siglo XV para, así, poder celebrarlo.


Una dinamización turística y cultural.
Al igual que otras villas gallegas, desgraciadamente, Pontedeume se encuentra inmerso en una etapa de incertidumbre, quizá hasta haya penetrado en una temerosa cuenta atrás. Considerando que los edificios sobreviven a los hombres que los levantaron, la impresión que nos llevamos de las construcciones civiles y religiosas de este pueblo es la de que han sido abandonadas, entrando ya en una evolución encaminada al deterioro. Esta villa atlántica necesita unos cambios  que deberían buscar la mejora de su imagen. Muchas de las viviendas de su casco viejo, especialmente de la zona próxima a la iglesia de Santiago, están deshabitadas, abandonadas; en definitiva, han entrado en una fase decadente, de ruina y de aberraciones y reclaman una restauración y reforma de su estructura y de su entorno para poder salir de esta precaria situación. Espero que el Plan Especial de Protección y Rehabilitación Integral (PEPRI), sobre el que creo que ya se está trabajando, fije las normas urbanísticas para la recuperación del casco viejo de la villa de los Andrade, villa que ha sido declarada por su relevancia histórica como Bien de Interés Cultural (BIC). Se buscará la reinterpretación de los usos y de las funciones de sus espacios, combinando una adecuada rehabilitación con una moderna renovación, impulsando, al mismo tiempo, la recuperación de su patrimonio arquitectónico, urbano, artístico y cultural, logrando que el casco antiguo vuelva a llenarse de vida. 
Por otro lado, algunas de sus calles y plazas mantienen el encanto antiguo con elegantes edificios nobiliarios que sí han podido conservar la estructura arquitectónica y que, todavía, nos transmiten el embeleso de tiempos pasados.



En definitiva, estas ricas tierras del Eume y sus alrededores son magníficos ejemplos de una riqueza artística y cultural dentro de un espacio con un alto valor paisajístico y natural que no dejará indiferente a nadie.

No debo olvidar sus fiestas y concurridas romerías ya que son otra adecuada excusa para acercarse hasta aquí: fiestas como la de las Peras, que se celebra del 7 al 11 de septiembre en honor a San Nicolás de Tolentiño y la Virgen de las Virtudes y en la que se realiza la subida por el Eume en pequeñas embarcaciones; o la romería de Breamo que tiene lugar dos veces al año -el 8 de mayo y el 29 de septiembre- junto al templo de San Miguel de Breamo y que, una vez allí, además de contemplar la espectacular vista a la ría, la tradición nos dice que hay que dar nueve vueltas a la capilla, en el más absoluto silencio, para ahuyentar a las “meigas”.
Verdaderamente, Ponte de Ume se puede convertir en una inagotable fuente de recursos turísticos si se sabe administrar y  mimar correctamente. Dentro de toda esta oferta turística y cultural, es de obligada mención la celebración de un acontecimiento festivo que, desde hace dos años, tiene lugar en el primer fin de semana del mes de julio. Se trata del “Feirón Medieval dos Andrade”. Durante tres días, la villa retrocede al esplendor del siglo XIV.



Invito, pues, a toda persona que así lo desee, a realizar un tranquilo recorrido por esta apacible comarca gallega. Sólo impongo una condición: la de dejarse seducir por su encanto para, así, introducirse, casi de lleno, en la época quizá más importante de Ponte de Ume, la que le otorgó las señas de identidad que hoy tiene: la época medieval de la saga familiar de los Andrade.


sábado, 28 de abril de 2012

El Barrio Húmedo de León

Leí en alguna parte que la ciudad de León tiene tres grandes tesoros: su elegante catedral gótica, la Real Colegiata de San Isidoro -toda una joya del románico- y el  majestuoso Hostal de San Marcos.

El primero de estos tesoros que he mencionado, la catedral, es su edificio más emblemático, un excelente monumento donde luz y piedra crean una armonía perfecta. Sus magníficas vidrieras de origen medieval proporcionan a las capillas y naves de su interior un sugerente juego de policromías, de luces, de sombras, de transparencias….


Su segundo tesoro, la Real Colegiata de San Isidoro, es la celosa guardiana que ha acogido, durante siglos, los restos de varios monarcas leoneses que yacen enterrados en su Panteón Real, cuyas bóvedas de crucería están decoradas con unos admirables frescos románicos con motivos y escenas del Nuevo Testamento y con un bello calendario agrícola. Se ha calificado la cripta en donde se ubican como la “Capilla Sixtina” del arte románico.
Su tercer tesoro, el grandioso Hostal de San Marcos, en su origen hospital y templo de peregrinos jacobeos, es hoy un lujoso parador de cinco estrellas, toda una espléndida construcción de estilo plateresco.
Pero los tesoros de esta ciudad no se limitan sólo a esas tres joyas artísticas. Edificios como la Casa de Botines, de estilo modernista y construida por Gaudí; palacios como el de los Guzmanes del siglo XVI o el de los Condes de Luna; iglesias como la de Nuestra Señora del Mercado; hermosas plazas como la Mayor -toda ella porticada y en donde los sábados se celebra un populoso mercado-, la acogedora y pintoresca Plaza del Grano, con un carácter marcadamente rural, empedrada y con una fuente clásica en su centro -se la denomina Plaza del Grano porque en ella tenía lugar la feria de cereales-; los vestigios de sus murallas, unas de origen romano y otros lienzos de fábrica medieval; o sus museos como el MUSAC, un edificio vanguardista digno de ver, son ejemplos de otros muchos tesoros que León esconde y que hay que ir descubriéndolos a través de un caminar pausado por su núcleo histórico que no sólo ha sabido conservar éstas y otras valiosas arquitecturas, sino que ha guardado fiel y celosamente la toponimia de muchas de sus calles, plazas y callejuelas. Son nombres evocadores de viejos oficios artesanales como la calle de la Azabachería, Platerías, Zapaterías, Carnicerías…. Son calles y plazas que nos recuerdan la vieja historia de León que se forjaba en sus barrios de carácter popular.

Precisamente, en el corazón mismo del casco viejo de León, el denominado Barrio Húmedo acoge a los visitantes para perderse en un entramado laberíntico de callejuelas, calles y plazas y en donde  la que escribe sufrió, en más de una ocasión, el desasosiego de la desorientación. Este acertado nombre procede de la gran dotación de establecimientos hosteleros y de restauración que se distribuye por sus calles y que ofrece a sus clientes apetitosos platos de la cocina tradicional leonesa acompañados por todo tipo de caldos etílicos y demás brebajes espiritosos a gusto del consumidor, todo un paraíso del buen beber y mejor comer. Así que, asombrada me quedé mientras recorría un  amplio conjunto de animadísimas callejas que se entrecruzan, abundantes en tabernas, bares, restaurantes, mesones no aptos para los abstemios y demás cristianos y no cristianos que mortifican su cuerpo y dominan sus pasiones gastronómicas a base de dietas y ayunos varios. Más asombrada me quedé, todavía, cuando descubrí la gran multitud de tabernarios, aficionados a ese buen beber y mejor comer que, de mesón en mesón, de templo en templo gastronómico, loaban mañana, tarde y noche, al dios Baco por medio del sano ritual del tapeo y del chateo. También es cierto que era Semana Santa, que la ciudad era un hervidero de visitantes y que sus tradicionales pasos procesionales, de interés turístico, atraen a miles y miles de espectadores y curiosos.

Establecimientos veteranos y emblemáticos, antiguas casas de comidas que apenas han sufrido transformaciones en su decoración y en la distribución de sus espacios, conservándose como antaño, y que sirven sabrosos embutidos leoneses y otros deliciosos manjares se mezclan con nuevos negocios para los aficionados a la comida rápida o con nuevos locales que intentan seguir los pasos de esas viejas tabernas con solera que, por suerte, siguen existiendo en la ciudad.
El olor a morcilla, a chorizo, a cecina, a queso, a jamón, a fritos variados, a cordero asado, y demás placeres culinarios leoneses se mezcla con la embriagadora atmósfera que invade cada uno de esos establecimientos. Todo un apetitoso reclamo para entrar en estos santuarios de la gastronomía leonesa -si es que la invasión de fieles que acude a ellos lo permite y no tenemos que recurrir a la técnica de los empellones-, aproximarte al codiciado y sagrado altar y pedir a los solícitos taberneros, fieles siervos actuales de aquel dios Baco, algo con que humedecer el gaznate y tranquilizar el estómago, satisfaciendo, así, las necesidades proteínicas y vitamínicas que nuestros pobres cuerpos bulímicos reclaman.

Y si la visita se realiza en Semana Santa, como así fue en mi caso, parece que es de obligado cumplimiento saborear la típica limonada. Todos estos templos de la gastronomía leonesa colocan, de manera bien visible, el anuncio de “Hay limonada”. Una, que es muy ingenua, se imaginaba que, como la época estival y el calor empezarían a acechar muy pronto por esas tierras leonesas, todas estas tabernas comenzaban a elaborar dulces y sanos refrescos realizados con el zumo de los limones. Hasta que mi acompañante, tan ignorante como yo en cuestión de limonadas leonesas, pero más observador, descubrió que no se trataba de esa bebida fría y saludable.
-          “¡¡Ah no!! ¿Y entonces qué es?”, le pregunté.
-          “Es una mezcla de vino tinto con trozos de frutas”, me respondió él.
Efectivamente, tras observar atentamente yo también, averigüé que la famosa limonada, del color rojizo del vino, la tenían ya elaborada en jarras y lista para servir en vasos achatados. En esas jarras podía apreciar el color morado tan característico del anhelado zumo de uva mezclado con la policromía que ofrecen diversos trozos de frutas variadas flotando por todo el interior del recipiente.
Por suerte, mientras fui desconocedora de los ingredientes de la famosa limonada, no se me ocurrió pedirla en ninguno de los locales en los que entramos durante los tres días que pasamos en León. El ridículo que podría haber hecho yo, por culpa de mi ignorancia en materia de limonadas leonesas, en el momento en que me la sirvieran sería histórico y la consecuente vergüenza que pasaría provocaría que mi rostro adquiriese el mismo color de esa limonada:
-          “No le he pedido un vino, le he pedido una limonada”, le habría dicho al atento camarero.
Aunque creo que existen varias interpretaciones sobre el origen de la limonada leonesa, también denominada “matar judíos”, parece que hay que remontarse a tiempos medievales, cuando, durante la celebración de la Pascua, los cristianos leoneses se acercaban a la judería –el Barrio Húmedo- para vengarse de los judíos, puesto que los consideraban los autores de la muerte de Cristo. Pero a pesar de que durante esos días de carácter religioso, no se permitía el consumo de vino, tanto los guardias, encargados de velar por el buen orden público, como otras autoridades daban su consentimiento para que, en aquellos mesones, se sirviese una bebida elaborada con vino, limón, azúcar y agua. De esta forma, gracias a la embriaguez producida por ese brebaje, los cristianos desistían de tales intenciones violentas.
Está claro que el Barrio Húmedo de León, posiblemente una de las mejores zonas de vino y tapeo de España, ha sabido reforzar y conservar la esencia de la sabrosa cocina autóctona leonesa. Ir de vinos por este barrio es comparable a toda una celebración religiosa pero de índole gastronómica, todo un ritual que ningún visitante debe olvidar realizar. Como bien le dijo el jamón al vino: aquí te espero, buen amigo, también el Barrio Húmedo ahí está, aguardando por sus acólitos para que cumplan con el recorrido procesional por muchos de sus tradicionales santuarios gastronómicos del buen beber y del mejor comer.


miércoles, 18 de abril de 2012

Castrillo de los Polvazares, el templo del cocido maragato.

Hasta hace unos ocho años, aproximadamente, desconocía la existencia de Castrillo de los Polvazares, pueblo ejemplar y de gran valor monumental de la comarca de la Maragatería leonesa, junto al Camino de Santiago, que ha sabido conservar, como pocos, su esencia más pura, su arquitectura popular de mampostería de piedra rojiza, el diseño de sus calles anchas totalmente empedradas con cantos -aquí el asfalto no existe-, sus costumbres, su cultura y, como no, su gastronomía, concretamente su sabroso cocido maragato.Tuve la oportunidad de visitarlo por aquel entonces. Aprovechando los días festivos de primeros de diciembre, decidimos mi pareja y yo pasar tres días en Astorga. Recuerdo que fueron aquéllos días de frío crudo e intenso, en los que yo esperaba ver nevar. Pero el cielo plenamente azul, sin rastro de nubes, a pesar del ambiente gélido, no presagiaba nieve, en absoluto.

El día que nos acercamos hasta Castrillo, declarado Conjunto Histórico Artístico, situado a sólo cinco kilómetros de Astorga, el frío era tan cruel y despiadado que no invitaba, ni por asomo, a un tranquilo paseo por el pueblo. Después de realizar un breve y apurado recorrido por su calle principal – la Real-, decidimos entrar en uno de sus tantos restaurantes abiertos en los últimos años, para acogernos al calor y al abrigo que su interior nos brindaba, y degustar su exquisito cocido maragato.

Este año 2012, elegimos la ciudad de León como destino vacacional para pasar los días festivos de Semana Santa. Y ya que Astorga y Castrillo de los Polvazares nos coincidían en el camino, realizamos una nueva visita a este pueblo de raigambre arriera, para saborear, otra vez, su cocido maragato.
Nos sorprendió la calurosa y rumbera bienvenida que un músico y guitarrista callejero, sentado a la puerta de una de las casas, a la misma entrada del pueblo, ofrecía a todo visitante, dedicándole, desinteresadamente, divertidas rumbas improvisadas. Días más tarde, investigando por Internet, averigüé que se llama, o se hace llamar, José Aleluya y que se gana la vida de esta forma.

En esta nueva ocasión, la agradable temperatura sí que invitó al pausado recorrido por toda esta pequeña localidad de Castrillo, descubriendo sus auténticas viviendas arrieras de altos muros que las aíslan, celosamente, de la mirada y la curiosidad de cualquier paseante y extraño. Entrando en algunos de sus restaurantes que, en su momento, fueron casas arrieras, es posible imaginar sus antiguas dependencias, transformadas y rehabilitadas, actualmente, en los comedores de estas magníficas posadas del siglo XXI que abundan por todo el pueblo. Pero no por ello han perdido su carácter arriero. Algunas de las viviendas, además, presumen de grandes escudos en sus fachadas e intentan conservar sus motivos y utensilios decorativos más costumbristas y tradicionales. Todas ellas ofrecen un variado colorido de tonos verdes, azules y marrones en las ventanas e imponentes portalones de madera con arcos de medio punto. Y es que uno de los elementos arquitectónicos más llamativos de estas construcciones arrieras son sus grandes puertas que permitían, a través de sus amplios umbrales y del zaguán, el acceso de los carros de los arrieros a los espaciosos patios empedrados de su interior, el punto neurálgico y organizativo de la casa, donde se distribuían las cuadras de los animales y otras dependencias relacionadas con el trabajo y la vida del arriero. La planta superior estaba destinada a las habitaciones.

A lo largo de este tranquilo paseo por uno de los pueblos más hermosos de la comarca leonesa de la Maragatería me sorprendió el busto de la escritora Concha Espina, esculpido en la fachada de unas de las casas de la plaza, frente a la iglesia. Parece que la escritora pasó una breve temporada en Castrillo inspirándose en sus mujeres y en su entorno para escribir su obra “La esfinge maragata”.
La principal actividad económica de los antiguos habitantes de este pueblo de fuerte sabor añejo fue, por tradición, la arriería. Los arrieros eran comerciantes que se desplazaban entre Galicia y Castilla, principalmente, dedicándose al intercambio de productos entre ambas regiones, ayudados por el único medio de transporte del que, entre los siglos XVI y XIX disponían: el carro. La amplitud de sus calles es una clara consecuencia de esa actividad económica, facilitando el tránsito de esos carros y de las recuas de animales de carga. Incluso los poyos de piedras arrimados a las paredes de las viviendas, a ambos lados de los portalones, se diseñaron como ayuda para subirse a las mulas y caballos.
Con la llegada del ferrocarril, a finales del siglo XIX, y la apertura de las comunicaciones entre la meseta y Galicia, la actividad arriera y, consecuentemente, los arrieros fueron desapareciendo, pero no esta representativa villa que parece haberse estancado, por suerte, en el tiempo, manteniéndose incólume para los que somos amantes y defensores de la conservación de la arquitectura popular y tradicional.

Actualmente, Castrillo no alcanza los 100 habitantes. Pero cuando llega el fin de semana o los períodos vacacionales, las calles de este pueblo se llenan de visitantes, paseantes y turistas atraídos por los aromas y los sabores que desprende su sabroso y contundente cocido maragato. Un plato que, a diferencia de otros cocidos que estamos acostumbrados a degustar, se empieza a comer al revés. Primero, es el turno de las carnes: chorizo, partes del cerdo, ternera, pollo. A continuación, son protagonistas los deliciosos garbanzos y el repollo. Y, ya por último, es de obligado cumplimiento saborear una exquisita sopa realizada con el agua de cocción de las carnes. Y no hay que olvidar la imposición de acompañar este delicioso manjar con un buen vino.


No tengo demasiada clara la razón de porqué se come a la inversa. Hay quien establece el origen de esta peculiar forma de deglutir el cocido maragato al asedio que sufrió la localidad vecina de Astorga durante la época napoleónica. Ante una posible e inminente batalla, los soldados de Napoleón decidieron dejar la sopa para lo último y empezar por las carnes, verduras y legumbres; pues, sobre todo las primeras les proporcionaban las proteínas suficientes en caso de que el enemigo realizase un ataque por sorpresa: “de sobrar algo que sobre la sopa”. También hay quien vincula esta costumbre gastronómica del cocido a los mismos arrieros que decidían dejar el delicioso caldo para el final con el objeto de que las carnes no enfriasen. Quizá la versión más acertada sea la que explica que cuando los arrieros realizaban sus rutas por Castilla y Galicia, llevaban consigo un recipiente circular de madera donde guardaban trozos de carne de cerdo cocida. Al realizar las correspondientes paradas y descansos en las posadas de la ruta, comían primero esas carnes ya frías y, posteriormente, pedían al mesonero una sopa caliente.


El caserío de Castrillo de los Polvazares constituye un placer visual. Su tranquilo recorrido se convierte en un gratificante y didáctico paseo en el que cada arquitectura y cada piedra se ha transformado en guardián de auténticas costumbres ancestrales que cobija, además, secretos a descubrir por el viajero; y en el que el cocido, su principal identidad gastronómica, se transmuta en un deleite gustativo para el paladar, en toda una explosión de agradables aromas, sabores y sensaciones. En definitiva, una visita para no olvidar.

miércoles, 4 de abril de 2012

Cedeira, tierra de mar (IV)

Lo que el mar se llevó.Es ésta la última parte del reportaje sobre Cedeira. La hermosura de su ría, de la villa en sí, y de sus fascinantes entornos paisajísticos intenté transmitirla en las tres reseñas publicadas en este blog en fechas anteriores.
No cabe duda de que este enclave, en donde las agitadas aguas atlánticas sueltan toda su furia, nunca dejará de maravillarnos. Y es que en plena Serra de A Capelada, cerca de San Andrés, sorprende un monumento dedicado, ni más ni menos, que a Leslie Howard, el Ashley Wilkes, marido de Melania y que enamoró a Escarlata O´Hara, en la famosísima película “Lo que el viento se llevó”. En el momento en el que me enteré de la noticia me pregunté “¿qué tendrá que ver el municipio de Cedeira -y más concretamente la Serra de A Capelada- con aquel actor? La respuesta me resultó curiosa: cuando Leslie Howard volaba de Lisboa a Londres en junio de 1943, después de haber estado durante un tiempo por España y Portugal y con la segunda Guerra Mundial como telón de fondo, su avión fue derribado por los cazas alemanes en esta zona. Según investigaciones, el actor tenía vínculos con el espionaje británico. Por tanto, estas tierras y aguas bravas fueron posiblemente, lo último que retuvo Leslie en su retina. De ahí la idea de rendirle este homenaje con una placa en la que se han esculpido en inglés y en castellano las siguientes palabras: “A la memoria del actor Leslie Howard que frente a esta costa encontró la muerte el día 1 de junio de 1943 al ser derribado su avión IBIS por aviones alemanes de la Luftwaffe”; placa en la que se hace también mención y homenaje a los compañeros que viajaban con él, así como a la tripulación de otro avión, igualmente, derribado en fecha anterior frente a estas costas y a todos los caídos por la libertad de Europa.

La villa del buen comer.
Pero antes de realizar el ascenso hasta San Andrés y de recorrer la Serra da Capelada, la preciosa villa marinera de Cedeira es un lugar ideal para gozar de una
exquisita gastronomía, elaborada con sumo celo, por los diversos profesionales de la restauración allí establecidos y que ayudará a conseguir las fuerzas necesarias para alcanzar esa subida.
Como villa marinera que es, Cedeira puede presumir de tener un delicioso patrimonio gastronómico relacionado con el marisco de calidad y con unos excelentes pescados que se pueden degustar en muy buenos restaurantes.
De la misma forma que nadie puede abandonar Cedeira sin visitar San Andrés, tampoco hay que marcharse de esta villa sin recorrer algunas de sus tabernas y demás locales del buen beber y mejor comer, para probar esas apetitosas viandas. Entre ellos, quiero mencionar dos establecimientos de los que guardo afables recuerdos: la emblemática Taberna da Calexa, un pequeño local en donde la siempre acertada combinación de piedra y madera lo hacen grato, acogedor y auténtico; y el famosísimo Quilowatio, un reducido mesón en el que se degusta un excelente marraxo en adobo, el mejor que he comido hasta ahora. Se localiza muy cerca del paseo, en dirección hacia el puerto. Quien quiera comer en él deberá darse prisa por conseguir un sitio cómodo para saborear tan apetecible manjar. Son unos cuantos los negocios hosteleros, igualmente emblemáticos, que se localizan en esta población costera: A Revolta, el Náutico, el Brisas… Todos y cada uno de ellos igual de aconsejables para disfrutar de un arte culinario de excelente calidad.

Y, por supuesto, no debo olvidar la fiesta gastronómica del percebe. Parece que el fuerte batir de estas aguas contra los acantilados cedeireses produce un percebe de excelente calidad. Cedeira exalta este apreciado y lujoso marisco en el mes de julio, cuya degustación, además, va acompañada por otros productos típicos de la zona como el pulpo, todo tipo de empanadas, entre ellas destaco las empanadas abiertas, que son auténticas de esta villa, y todo acompañado por excelentes caldos.

El hechizo de una costa.
Así es Cedeira: una villa tranquila, marinera y labradora, veraniega, medieval, un refugio mágico que se refleja en el cristalino espejo de las aguas de su ría atlántica y apacible, un enclave turístico, lejos de los destinos convencionales, pero que se desarrolla con fuerza. En definitiva, un mosaico de colores, de olores, un mar de míticas creencias que nos provoca asombro, un horizonte abierto para vivirlo y para disfrutarlo, para paladear todo el sabor de las Rías Altas gallegas. Aquí, las conversaciones, las horas, y las risas pasan de forma amena y agradable. Lo más adecuado es dejarse seducir por el encanto que esta ría y esta villa desprenden. Hay mucha magia que admirar, mucho misterio por descubrir y mucha leyenda que conocer y disfrutar en este hechizante enclave de las Rías Altas, en este mar céltico e infinito.

Para finalizar, no pude resistirme a transcribir parte de la letra de una canción titulada “Falar de amores”, compuesta en los años 70, dedicada a la Virxe
do Mar y a la mujer cedeiresa y que dice así:
“Imos moza cedeiresa polos carreiros da ría nas noites de lúa acesa. Imos no ronsel da lúa pillar as perlas das ondas para a cabeleira túa. Imos Cedeiriña amela, pola ría aluarada esvararnos nunha arnela.
E falar de amores… e falar de amor.
Nosa Señora do Mar, ai! Do mar Nosa Señora saíu hoxe a mariscar co pescador mar a fóra. Saíu na flor da mañá, na branca lancha naseira, os peixes cantando van naquel ronsel curricán pola ría de Cedeira”.