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jueves, 28 de marzo de 2013

El valor identitario y cultural de los conjuntos históricos: lugares de la memoria colectiva.


“Todas las ciudades del mundo al ser el resultado de un proceso de desarrollo más o menos espontáneo, o de un proyecto deliberado, son la expresión material de la diversidad de las sociedades a lo largo de su historia”.
(Carta internacional para la conservación de las ciudades históricas. Toledo, 1986)
                          
  
Cuando organizo un viaje a cualquier ciudad o pueblo de la geografía española, no puede faltar, dentro de mi programa, una visita a su barrio histórico, origen de la población, si es que esa localidad tiene la suerte de poseer uno. Y es que para mí, un centro o casco histórico –sea urbano o rural- es, en su inmensidad, toda una magnífica obra de arte, configurada por elementos y espacios arquitectónicos y artísticos diversos que diseñan una sinfonía magistral, que invitan al recogimiento, a la contemplación silenciosa, al encantamiento y que merecen un más que digno respeto, interés y protección. Son documentos sagrados hechos en piedra, vestigios y zonas arqueológicas de una o varias épocas que han evolucionado a lo largo de los siglos y que nos ayudan a entender nuestra historia, nuestra herencia cultural, evocadores de un pasado, de una memoria histórica colectiva.


Son ciudades y pueblos diversos: unos han nacido en lugares estratégicos de defensa, derramándose a los pies de su castillo, protegidos por los restos de una muralla; otros han surgido junto a ríos caudalosos; otros se han desarrollado por motivos comerciales, militares, religiosos o se han convertido en lugares sagrados y centros de peregrinaje; otros han tenido su origen en la actividad humanística, administrativa e incluso de ocio; otros se han manifestado en torno a aguas termales…; y otros abarcan varias de las anteriores características. Todos los conjuntos históricos tienen un enorme acervo monumental con construcciones y componentes que los identifican y caracterizan: su castillo y murallas, con puertas de acceso, que crean una aparición imponente; la urdimbre medieval de sus calles y de sus plazas con soportales; casas nobles y palacios, museos, monasterios, iglesias y catedrales, y otros elementos que constituyen el mobiliario urbano como cruceros, fuentes, jardines….; todos ellos piezas magníficamente tocadas por la nostalgia de lo antiguo y por el revestimiento lustroso del tiempo.




Pero tampoco debemos olvidar que el patrimonio cultural de nuestros centros históricos no lo integran sólo las construcciones arquitectónicas populares, civiles o religiosas, sino que hay que añadir otros aspectos y elementos como los paisajes urbanos o rurales, sus acontecimientos y celebraciones religiosas, culturales, festivas y tradicionales, su artesanía, los rasgos etnográficos y antropológicos e incluso sus mercados típicos y populares. Todos ellos y más son los rasgos identitarios y simbólicos, la memoria colectiva de un pueblo. Tenemos, pues, que saber apreciar y valorar las distintas épocas de una ciudad, la cultura de los diferentes pueblos, razas y religiones que la habitaron a lo largo de la historia, y entender que esa superposición de culturas aporta una infinita riqueza.





Los edificios de los conjuntos históricos de nuestras ciudades sufren procesos evolutivos vinculados a la estimación cultural y a los intereses económicos, sociales y políticos que se producen a lo largo de diferentes períodos. Durante su vida, esos bienes inmuebles se reajustan a las nuevas exigencias: unos se distinguen por su prestigio, por su posible utilidad, algunos incluso son inmortales; pero otros se menosprecian por improductivos e ineficaces, lo que puede ocasionar su postración y posterior degradación e incluso erradicación, llegando a sucederse circunstancias verdaderamente trágicas de daños y pérdidas definitivas desde el punto de vista artístico, cultural y social.

Según información leída en algún artículo, parece que existen, desgraciadamente, corrientes sectoriales que, sin miramiento alguno, abogan, en la época de las grandes urbes, por el eclipse o la defunción de los viejos cascos históricos. Pero, por suerte, hay otros colectivos, además de instituciones y organismos públicos y privados, que respaldan las actuaciones necesarias para frenar su deterioro urbanístico. Aunque, actualmente, en tiempos de grave crisis política y económica, estas actuaciones se están relegando, fatalmente, a un segundo y tercer plano.


Me incomoda y me duele comprobar cómo algunos de nuestros pequeños centros históricos se encuentran en peligro de desaparecer: bien por la falta de interés de los gobernantes; bien por la amenaza del avance, a veces indiscriminado y agresivo, de la ciudad industrial; bien por la desidia de los propietarios de muchos inmuebles que no consideran las viejas arquitecturas como un valor artístico o cultural; bien por el envejecimiento de su población y el vacío demográfico, por las dificultades de movilidad, por la recesión de los pequeños negocios comerciales tradicionales de siempre, por la escasez de servicios, o bien por la construcción de nuevos edificios en el entorno del viejo casco histórico, “colonización” que no se adapta a la fisonomía estereotipada que caracteriza a la ciudad antigua, llegando, en ocasiones, a constituirse una pluralidad de formas y espacios arquitectónicos incompatibles con la arquitectura secular.


No hay que olvidar que cada edificio, por humilde que sea, posee su biografía propia, una identidad definida por su historia, por su cultura, por sus antiguos usuarios.
Actualmente, en muchos de esos centros históricos que constituyen la parte más delicada de una ciudad o de un pueblo, su ruina y soledad hacen necesarias actuaciones e intervenciones-algunas de ellas muy profundas- para conservar su alma y su esencia pasadas, para mantener elementos arquitectónicos, esculturales y artísticos con un gran significado, para custodiar su historia, su cultura, su paisaje, su encanto y como no, para mejorar la calidad de vida y el bienestar de sus habitantes.

En definitiva, las ciudades históricas -elementos magníficos y admirables, dentro de mi humilde opinión-, enriquecidas por una infinidad de valores culturales, son realidades vivas habitables y sostenibles. Debería, pues, respetarse su pasado y convertirse, en espacios dinámicos con una adecuada gestión, con estrategias no sólo para su conservación patrimonial, sino también para su enriquecimiento social, económico, cultural y turístico.


Es importante establecer un prototipo de gestión específico, eficaz y adecuado, que marque las líneas y las acciones adecuadas para rehabilitar, conservar y amparar nuestros cascos históricos, respetando sus elementos auténticos y antiguos.
Es necesaria, pues, la participación continuada de inversores y la colaboración dinámica de la sociedad, una comunidad que guarda en el interior de sus núcleos históricos y monumentales su identidad, su cultura y su historia y tiene la obligación y el derecho de transmitir esos valores a las generaciones venideras.
La conservación de nuestros barrios históricos y sus valores materiales, culturales y espirituales debe ser un aspecto relevante a considerar en la planificación de un territorio. Toda intervención debe realizarse con cautela, con precisión y con delicadeza, resolviendo adecuadamente cada escollo, cada tropiezo, cada peligro. Debe ir precedida, además, de profundos estudios multidisciplinares de la mano de sociólogos, arquitectos, arqueólogos, historiadores, antropólogos….. Es necesario conocer la realidad urbana, histórica y cultural de la ciudad para no herirla con cualquier actuación. Es necesaria, también, una concienciación de la sociedad, desde edades muy tempranas, por medio de campañas de sensibilización y de información, sobre la envergadura y significado que poseen los conjuntos históricos dentro de nuestra memoria colectiva.



Existen cientos de núcleos históricos que merecen una visita. Cada uno de sus monumentos y construcciones se erige en testimonio único e incalculable de sus seculares costumbres, leyendas e historia, aspirando a convertirse en un transmisor de toda una riqueza cultural auténtica.
El buen uso del patrimonio que nos ofrecen los conjuntos históricos es el respaldo más adecuado para su apropiada protección, para su progreso y para su crecimiento cultural y social y para conseguir que nuestras viejas ciudades sean realidades vivas, sostenibles y dinámicas.



No quiero terminar esta reseña sin mencionar las siguientes palabras que resumen, con muy pocos vocablos y metafóricamente, todo lo expuesto en este escrito y con las que me siento totalmente identificada. Las he leído en un artículo titulado “La conservación del patrimonio edificado: restauración, rehabilitación y arquitectura moderna” cuya autora es Palma Martínez-Burgos García.
“…la ciudad es como la piel en la que van quedando las señales del tiempo, los recuerdos y las cicatrices que deja el hecho de vivir, y sólo a través de esas señales leemos el pasado; pero sé que no es sólo eso, la ciudad es también un escenario abierto de nuestras memorias y de nuestros sentimientos”.

sábado, 9 de febrero de 2013

Mediterráneos


Así se titula una breve obra de Rafael Chirbes publicada en Anagrama y que descubrí hace unos meses gracias a la mención que de ese libro hace Paco Nadal, periodista de El País, en un interesante blog de viajes y con el que me tropecé de casualidad, navegando por este mundo virtual. Blog que, además, aconsejo seguir, pues acostumbra a publicar artículos y reseñas bastante interesantes. Para todo aquel que esté interesado en visitarlo, esta es la dirección: http://blogs.elpais.com/paco-nadal/.
Como acabo de indicar, precisamente, uno de sus artículos, titulado “Mediterráneos”, hace referencia, al trabajo de Rafael Chirbes y que, según Paco Nadal, es “…de lectura obligada a los ciudadanos y a los forasteros enamorados de este mar-nación”.
En una de sus primeras páginas, Rafael Chirbes comenta: “Hay gentes, libros o ciudades que no entendemos, pero que nos atrapan y nos obligan a visitarlos una y otra vez, seguramente porque advertimos en ellos indicios de que esconden algo que nosotros buscamos”…. “Esos libros, ciudades y gentes inquietantes acaban formando necesarias piezas de nuestra identidad”.
Unas páginas más adelante, Rafael Chirbes indica que “Mediterráneos” trata “de los ecos y espejos cuyas imágenes multiplicadoras han acabado por devolverme siempre a mí mismo. De cómo viajar es leer mejor en unas páginas que ya se habían leído”.
Completo esta introducción con la aportación que realiza Paco Nadal sobre el Mediterráneo y que me parece de lo más sugerente: “El Mediterráneo es el azul de una cala del Adriático, el blanco de una iglesia ortodoxa en Mikonos, el verde de los olivos de Djerba. El Mediterráneo es el violinista armenio que me amenizaba las cenas en la playa de la isla turca de Kekova, el viento húmedo de Levante, los pueblos blancos llenos de buganvillas de las costas de Orán, la ruinas de Siracusa, la sabiduría perdida de la biblioteca de Efeso o de Alejandría. Es la civilización que creció en torno al vino y el aceite de oliva. Es un oasis de palmeras que sume en la penumbra el vergel y alienta un pequeño mundo de huertas, norias, azarbes y acequias.”
A lo largo de la breve y amena obra de Rafael Chirbes, formada por varios artículos, escritos para una revista en los años ochenta y noventa del siglo XX, el autor, a través de sus impresiones, recuerdos, sensaciones e improntas que han marcado sus viajes, nos traslada a Creta, a Valencia, a Estambul, a Lyon, a Génova, a Venecia, a Alejandría, a la ciudad tunecina de Gabes, a Denia, a El Cairo, a Benidorm y a Roma.
 En Creta, el autor se recreó no sólo en los frescos de Knossos, sino en las “modestas ruinas de Gortina” y, sobre todo, en esos pequeños detalles por los que vale también la pena realizar un viaje como un olivo milenario, una basílica, los cipreses, una pequeña figura de terracota o hasta un perezoso felino gatuno.
 
 
De Valencia, Rafael Chirbes destaca su bullicioso Mercado Central que visitó, por primera vez, en su niñez y que le cautivó con su amalgama de colores, su fusión de olores y sonidos, voces y personas; emociones y sensaciones que las revivió, años más tarde, en otros mercados mediterráneos.

De Estambul, el autor  recrea los paisajes y paisanajes de la orilla europea y la asiática: los pescadores intentando vender su fresca cosecha marina, el puente colgante, las colinas, las barcas de madera flotando sobre las aguas del Bósforo, las magníficas cúpulas de las mezquitas y los fieles creyentes que acuden a ellas a rezar, los alminares, los antiguos palacios, el movimiento de los ferris entre Asia y Europa llenos de pasajeros de profesiones y características diversas, las tiendas y establecimientos comerciales de carácter europeo…. En definitiva, su historia antigua y moderna. Y como no, sus bulliciosos bazares repletos de gentes, de cafés y de olorosas especias, de brillantes metales, de delicadas sedas de colores, de magníficas alfombras,…
 
A Lyon la califica como una ciudad situada en una encrucijada de caminos culturales que, dependiendo siempre de donde el viajero proceda a su paso por ella, puede mostrar sugerencias o atributos cercanos a una ciudad europea o a una ciudad mediterránea. Tampoco se olvida Rafael Chirbes de los olores mediterráneos a lavanda, a ajo y perejil, a hierbas aromáticas, o a azafrán que la impregnan.
 
De nuevo, los aromas culinarios de esencias y especias mediterráneas se repiten en su visita a la ciudad de Génova, que fue un importante centro de banqueros y comerciantes a partir del siglo XI, urbe de magníficas arquitecturas civiles y religiosas que pueden depararle al viajero más de una sorpresa. Chirbes se lamenta de que aquella ciudad rica y próspera corra el peligro de entrar en decadencia.
 
 A la tan elogiada ciudad de Venecia, el autor la califica, metafóricamente, con las siguientes palabras: “Venecia es nuestra ciudad secreta e interior, de la que alguien ha construido una maqueta en medio de la laguna adriática…”
 Cuando le toca el turno a la histórica Alejandría, con las referencias a la antigua Biblioteca y a su legendario faro, Rafael Chirbes no puede evitar aludir a los cambios que, a lo largo de los siglos, ha sufrido esta ciudad, una urbe que la define como “Ciudad fénix”, que “ha muerto y resucitado unas cuantas veces”: construcción y destrucción, nuevas obras y ruinas, historia que se relega o se soterra y amplias arterias que atraviesan la ciudad moderna con inmuebles recién edificados.
 En la descripción de la ciudad tunecina de Gabes y de la isla de Djerba, situada en el Golfo de Gabes, se vuelven a repetir escenas expresionistas e impresionistas mediterráneas, de carácter marino, ya observadas y vividas por el autor en otras ciudades de este litoral.
 En su visita a la ciudad alicantina de Denia, el escritor ansiaba encontrar y descubrir antiguos recuerdos de su infancia sobre paisajes y sensaciones guardados en la memoria: como las antiguas, armoniosas y pintorescas viviendas de los pescadores en el puerto mismo de Denia, como añejos sabores, olores y colores, como las vetustas formas e imágenes de una ciudad con su característico puerto o como los arcaicos caminos rurales. Pero desde hace más de cuarenta años, esas pretéritas representaciones  y percepciones que retenía en su memoria se esconden, ahora, tras un tapiz de hormigón y bajo capas de alquitrán. De todo aquello ya no queda, apenas, nada. El desarrollo y la expoliación urbanística que minan el encanto de muchos pueblos, ciudades y rincones paisajísticos y los incendios que han hecho de este territorio un paisaje hosco y desértico son epidemias que afectan a muchos enclaves del Mediterráneo. “Era como si un malvado y destructivo encantador se empeñase en sembrar de fealdad una comarca que había podido permitirse ser paradigma de armonía…” De todas formas, durante su recorrido por esta comarca alicantina, todavía se puede disfrutar de la presencia de algún que otro pino, de almendros florecidos y de árboles frutales, de aguas transparentes, de farallones y calas, de marjales, de algún que otro olivar, de sierras,…
 
 
Nuevas avenidas y edificios se mezclan con los alminares, con las mezquitas otomanas y árabes, con las sinagogas, las iglesias coptas, testigos, todos ellos, del antiguo esplendor de una gran urbe cosmopolita como es la ciudad de El Cairo. Una población que reúne e integra razas, estilos de vida, modos arquitectónicos y religiones diferentes. Y en el horizonte desértico de esta urbe, las pirámides. Aquí la historia se esconde y florece por sus inmensas piedras. No puede faltar la alusión a Khan Khalili, su viejo zoco, en donde se mezclan puestos de artesanía con los típicos cafés y en donde los hombres de viejas pieles arrugadas, tostadas por el sol, comparten el narguile. Para el autor, El Cairo, es un inmenso mercado. Me ha fascinado la descripción que Chirbes hace, precisamente, del viejo, vitalista e insalubre mercado de Rud Al Faraka y de su entorno: “Mucho antes de llegar al edificio central del decrépito mercado de Rud Al Farak el viajero se siente ya aturdido por el ajetreo de animales de transporte, de vehículos de motor cargados hasta los topes de todo cuanto las riberas del Nilo producen. Por todas partes se elevan altos muros de verduras perfectamente embaladas en cajas de tejido vegetal, y aturden los perfumes de las naranjas y granadas, o de los manojos de menta y coriandro, a los que se mezcla el olor de excrementos y sudor de las bestias fatigadas por largos recorridos y también el del humo que desprende la grasa de cordero al quemarse en los carbones encendidos de las cocinillas. Atruena el ruido de las ruedas de madera de los carros al golpear contra el suelo, y se contrapuntea con los que emiten las bestias –ruidos de cascos, relinchos- que se añaden a las voces de compradores y vendedores, a los gritos de mayoristas y descargadores”.
“El Cairo ofrece a quien quiera y sepa leerlo un complicado y bello palimpsesto, en el se mezclan las historias e ilusiones de turcos, armenios, egipcios, persas o judíos”.
 
 
Resulta ocurrente e ingeniosa la descripción que Rafael Chirbes realiza de otra ciudad mediterránea: Benidorm. Dice el autor que aún está por rodar el capítulo dedicado a esta población mediterránea para las series de National Geographic, series que muestran los esfuerzos por sobrevivir de muchas especies animales. Pues, efectivamente, faltaría un capítulo ofrendado a Benidorm y a esos jubilados y personas enfermizas que, durante los inviernos “anidan en Benidorm y ocupan alguna de las miríadas de celdillas de esas gigantescas y verticales colmenas construidas por el hombre… Ese capítulo de National Geographic tendría que contar cómo, en los meses de temporada baja, cientos de miles de ejemplares humanos de la tercera edad atraviesan el continente y recalan en este rincón del Mediterráneo para su hibernación”. De nuevo, la especulación y el desarrollo urbanístico que destruyen y modifican el paisaje y paisanaje de muchas poblaciones mediterráneas y no mediterráneas y de las que, como recuerdo de lo que fueron, sólo queda, en muchos casos, el mar y el cielo.
 
De la bella e imperial ciudad de Roma, rebosante de arte, de seducción y de monumentos y de la que Rafael Chirbes dice que “no ha parado de hacerse y deshacerse durante casi tres milenios”, el autor relata su reencuentro con ella un día frío de invierno, en la soledad de sus plazas y calles, contemplando cada iglesia, cada palacio, cada fuente y estatua con la tranquilidad que se necesita, sin el agobio de marabuntas turísticas humanas. Son varias las Romas que el escritor percibe en su visita y que, gracias a la magia que las imbuye, se pueden unir todas ellas en una sola Roma.
 
 
La memoria genética está presente en todas estas ciudades: en la mezcla y en la diversidad de culturas y de  razas mediterráneas, en los viejos rostros marcados por las arrugas de la experiencia, en las pieles de los hombres tostadas por el esfuerzo diario, en el fuerte olor dulzón a mar, a salitre, a algas, en los paisajes vírgenes, en su verdor o en su aspereza, en las siluetas de las barcas, en las mismas miradas repletas de sabiduría de las gentes, en las escenas de pesca, en los palmerales, en los hombres que disfrutan de sus jubilados momentos de ocio en los bares típicos de los mercados, puertos y zocos, en los cultivos ordenados y mimados, en el viento mediterráneo, en la inmensa llanura del mar, en la claridad y la pureza de la luz,…. Son los elementos de un pasado, de una historia, de unas raíces, de una memoria mediterránea.
 
 

sábado, 17 de noviembre de 2012

La muralla de Lugo, milenaria y monumental (II)

Mi paseo por la muralla.
Aunque la muralla de Lugo tiene una considerable relevancia para ser estudiada de una manera independiente, recomiendo que el visitante recorra el adarve en su totalidad, sin perder la referencia con otros restos arqueológicos ni con el rico entramado urbanístico de calles y plazas que conforman el centro histórico como una ciudad planificada, pero adaptada al terreno que la alberga.

Y es que Lucus Augusti ordena su conjunto de calles en una red de vías, posiblemente desde su pasado como campamento militar. En esta distribución, el foro realizaría una función primordial en toda la disposición espacial. Tradicionalmente, se consideraba que su ubicación estaba en la Praza do Campo, corazón de la población, lugar donde se celebraba el mercado y en el que se situaban los edificios públicos más destacados. Hoy se ha convertido en un pequeño ámbito urbano rodeado por casas señoriales con sus soportales, de estilo barroco, en cuyo centro se sitúa la fuente, también barroca, de San Vicente Ferrer. Por otro lado, documentos medievales parecen indicar la situación del foro en la actual Praza de España. Pero las intervenciones arqueológicas, llevadas a cabo en los últimos años, ponen en cuestión estas teorías, emplazándolo en la actual Praza Maior.

Comienzo, pues, mi ruta en la Praza de Santa María, una de las más atractivas de la ciudad; un monumental espacio urbano, conformado por el sobrio Palacio Episcopal barroco y por los magníficos exteriores de la catedral. Este templo religioso -de origen románico del siglo XII, pero con añadidos de estilos gótico, barroco y neoclásico- es  una de las joyas arquitectónicas de la ciudad.
 
Desde ahí, me dirijo hacia la Praza de Pío XII, en donde una rampa me facilita el acceso al camino de ronda o Paseo da  Muralla que cubre todo el perímetro de esta corona de lajas de pizarra y sillares de granito, cuya estructura interna es un relleno de tierra, de piedras y de restos de construcciones. El recorrido por su amplio adarve, realizado en el sentido contrario a las agujas de un reloj,  ayudará, a cualquier visitante, a comprender el desarrollo histórico, urbanístico y poblacional de Lucus Augusti. Todo su atractivo pasado, desde el romano al moderno, sin olvidar el medieval, se puede identificar en el armónico conjunto de torres, edificios religiosos y señoriales, plazas y calles que configuran la ordenación urbana, salpicada por alguna huerta, por jardines y fuentes. Una hora será suficiente para completar este espacio, observando, al mismo tiempo, el paisaje urbano actual de la ciudad desde esta magnífica atalaya.

Dejo la primera puerta, la de Santiago, también conocida como Porta do Poxigo, pues en épocas de epidemias era la única entrada que se mantenía abierta. Tenía un postigo por la que sólo podía pasar una persona. En una hornacina custodia la estatua ecuestre de Santiago peregrino.
 
A mi izquierda, queda la parte sur de la catedral y llego a la Porta do Bispo Aguirre. Esta puerta, abierta a finales del siglo XIX, comunicaba el seminario con el antiguo cementerio. Un poco más adelante, están el Círculo de Bellas Artes y los patios del convento de los Franciscanos.

 
El antiguo Convento de San Francisco -que todavía conserva la cocina, el refectorio y su elegante claustro medieval- ha sido convertido en Museo Provincial, uno de los más atractivos y entrañables que he conocido hasta ahora. Guarda en su interior importantes colecciones de orfebrería prerromana y romana, restos arqueológicos, salas monográficas de pintura, cerámica de Sargadelos, esculturas, colecciones de numismática, de piezas de azabache, relojes, abanicos, sin olvidar los interesantes mosaicos romanos descubiertos en la calle Armañá de la ciudad, ni los tiernos dibujos de Castelao, además  de maquetas de construcciones arquitectónicas típicas de toda la provincia de Lugo.

 
 


Retomando mi plácido y contemplativo caminar por la ronda de estos muros, observo que, entre las viviendas y otros edificios, se puede ver el reloj del Ayuntamiento, una de las obras más representativas del barroco civil gallego, situado en la Praza Maior, junto a la Alameda; y, detrás de él, la iglesia de Santiago.

Enseguida me sitúo encima de la Porta do Bispo Izquierdo, también conocida como Porta do Castelo, Campo Castelo, o de la Cárcel, abierta en el siglo XIX para facilitar el paso del juez a la cárcel que se situaba extramuros. En esta puerta parece que se ubicaba la denominada Torre de Augusto, residencia del pretor. Delante de esta entrada, se encuentra la plaza de la estación de autobuses lugar en donde, en el año 1986, aparecieron los restos de una necrópolis romana.
 
En el año 1837, se construyó el denominado Reducto Cristina, siguiente tramo de mi recorrido, un baluarte angular y saliente, llamado así en honor a la reina regente de aquel año. Se trata de la única alteración visible en el trazado del complejo defensivo que esconde cuatro cubos, aunque, recientemente, fueron recuperados, parcialmente.

A continuación, puedo apreciar el único cubo que mantiene, aún en pie, parte de su torreón y que conserva dos de sus cuatro ventanas. Es el tramo de la muralla conocido con el nombre de A Mosqueira en donde, junto a la Porta de San Pedro, denominada también Porta de Toledo o Toletana –pues, según unos, se trata de la puerta por la que los mercaderes toledanos introducían sus mercancías; pero, según otros, el nombre hace referencia al cercano lugar de A Tolda, a donde se dirigía la vía que salía por ella-  están los cubos mejor conservados de la muralla. Al modificarse esta puerta, a finales del siglo XVIII, desapareció la pequeña capilla de San Pedro que le daba nombre y se colocó el escudo de la ciudad entre dos leones.

 
Después de pasar las escaleiras do Cantiño –usadas como letrinas, durante mucho tiempo, por los habitantes de las casas vecinas-, llego a la Porta da Estación, abierta a finales del siglo XVIII con el fin de comunicar la ciudad intramuros con la estación del ferrocarril.

 
Dejo a mi paso la parte trasera del edificio de la Diputación Provincial de Lugo y accedo  a unas escaleras que me llevan a la denominada Porta Falsa o del Boquete, una de las más antiguas de la muralla. Se trata de un angosto portillo, situado en la Praza do Ferrol, por la que se introducían las sillas de correos. Además, para impedir que los enfermos del hospital de San Bartolomeu y los soldados saliesen de la ciudad, se tapió en el siglo XVII, dejando sólo una entrada angosta o boquete que se abría en determinadas horas y que, hoy en día, da paso a los jardines de la plaza en la que se erige la iglesia de San Froilán, el patrón de Lugo.
 
Continuo con mi recorrido y llego a la Porta de San Fernando, o del Príncipe, construida a mediados del siglo XVIII, para comunicar la plaza de San Fernando con la vía que conducía a  A Coruña. El nombre de Porta do Príncipe procede del momento de su inauguración por la reina Isabel II; pues ésta llevaba en sus brazos a Alfonso XII.

Después de otro breve trayecto, llego a la Porta Nova -sirvió como paso para la Vía XX que unía Lucus con Brigantium y el golfo ártabro coruñés- que ha sufrido bastantes modificaciones a raíz, especialmente, de las reformas efectuadas en el año 1900. Desde este tramo contemplo la rúa Nova, una de las calles más típicas de Lugo y que me ofrece una imagen de la ciudad con las torres de su catedral al fondo.
 
A continuación, y después de dejar O Campo da Forca, la zona con menos población de Lugo, paso por encima de la Porta do Bispo Odoario, la más reciente de todas ellas, abierta en el año 1921. Desde esta puerta y hasta la Porta Miñá, la más antigua y la única que todavía conserva su factura romana, recorro el tramo denominado Amea do Rei, en donde abundan los bloques de granito y observo, de nuevo, la cercanía de las torres de la catedral, edificio que se alza grave y majestuoso en toda la extensión urbana. La Porta Miñá, denominada así porque mira hacia el río Miño, también se llama del Carme, pues al otro lado de la circunvalación, se sitúa la capilla que da lugar a su nombre. De ella partía la Vía XIX que se dirigía a Bracara Augusta.  Una placa recuerda la llegada del trovador medieval Fernando Esquío a esta ciudad a través de ella, después de haber dejado a su enamorada en Santiago:
                                              
                                              “Diréivolo eu, señora,
                                       pois me tan ben preguntastes:
                                               o amor que eu levei
                                              de Santiago a Lugo,
                                      ese me aduse e ese mi adugo”.


Esta entrada conduce al corazón del casco viejo de la ciudad. Cualquier visitante se percatará de cierto deterioro de esa parte antigua y, en concreto, del barrio de la Tinería, considerado, hasta no hace mucho, “la vergüenza de Lugo”. Llegado a este punto, no he podido resistirme a transcribir unos breves y curiosos párrafos descubiertos en un viejo libro de los años 70, titulado “Guía Secreta de Galicia”, de un tal Juan Soto, cuya lectura me provoca una sonrisa y un especial divertimento. El, para mí, desconocido escritor, describe este tradicional barrio con las siguientes palabras: “…..Es un barrio por el que, pese a su gran interés artístico histórico, no pasan las excursiones colectivas, porque, se da la casualidad, de que todo él está ganado para la lujuria” Y continua más adelante: “…En casi todas las casas hay un bar de mujeres malas, coquetas, lascivas, pecadoras. Se abre después de comer y se cierra a las tres de la madrugada. El precio de la consumición es ligeramente más alto que en una cafetería normal. El precio de la “otra” consumición: Trescientas pesetas (cama aparte)…….” Actualmente, los edificios viejos del casco histórico de la ciudad y, concretamente, los de La Tinería son objeto de actuaciones de rehabilitación integral. Ocultarán, pues, entre sus paredes, aquellas atractivas historias llenas de “lascivia y pecados carnales”.

Una vez que dejo la Porta Miñá, alcanzo el denominado Paseo dos Coengos, que recibe este nombre por ser el espacio escogido por los sacerdotes de la catedral para practicar esa actividad. Es aquí en donde, después de realizar este relajante y curioso recorrido por la magnífica muralla de Lugo, me siento a descansar en los bancos de piedra, situados sobre los cubos, mientras termino de apreciar toda la esencia de este monumento bimilenario.

He llegado, así, al punto de partida. Contemplo la fachada neoclásica de la catedral que se realizó a finales del siglo XVIII para sustituir su anterior románica. Desciendo por la misma rampa de la Porta de Santiago por la que subí y me acerco hasta su bella puerta norte de estilo románico, decorada con un tímpano en el que está esculpido un Cristo en Majestad y un bellísimo pinjante que representa la última cena de Cristo. En su interior, lo más relevante son sus tres naves románico-góticas, el triforio, el deambulatorio de estilo gótico, la Capilla de la Virgen de los Ojos Grandes, y su coro barroco de madera.

 

Algo más que una muralla.
No hay que olvidar que, con el transcurrir de los siglos, la muralla de Lugo sufrió diversas degradaciones y agresiones –especialmente en sus cubos y torres- provocadas por la erosión del clima, por las transformaciones urbanísticas y la intervención incontrolada de la acción humana. Las excavaciones en sus muros para aumentar los predios y pequeñas haciendas, el saqueo de sus piedras y los ataques bélicos -principalmente durante el estallido de las guerras carlistas- provocaron que sufriese diversas modificaciones en su fisonomía; sin olvidar la contaminación y el tráfico constante que, diariamente, colaboran en su degradación.  Se calcula que la muralla original perdió alrededor de una tercera parte del volumen construido. A pesar de todos esos ataques y de la deficiente planificación urbanística –como el levantamiento de edificios de altura excesiva que ha contribuido a la descontextualización de la fortificación romana-, la ciudad de Lugo puede enorgullecerse de haber sabido preservar su gran joya artística e histórica que, por si sola, justifica un viaje hasta esta ciudad. La muralla posee la característica de haber sido capaz de integrar su uso social, poderosamente arraigado en la comunidad luguesa, con su importantísimo valor patrimonial.

Después de ser transferida por la Administración Central del Estado a la Xunta de Galicia, en la actualidad, la titularidad de la muralla recae en la Comunidad Autónoma Gallega.

Así pues, este bastión defensivo, una de las más importantes y meditadas obras de ingeniería militar de la civilización romana -perfectamente planificada tanto en los elementos arquitectónicos empleados como en las técnicas constructivas y en su trazado-, ha logrado conservarse para su contemplación y admiración por parte del mundo. Constituye un conjunto único, tanto por su buen estado de mantenimiento como por su monumentalidad. Su relevancia histórica –dentro de unas circunstancias, un momento y un lugar-, junto con su valor turístico y patrimonial no dan lugar a dudas, estando más viva que nunca en el devenir de los lucenses, convirtiéndose en una importante referencia y en la representación más emblemática para la ciudad.

Todo visitante que se acerque a Lugo, para conocer su muralla y demás valores históricos y culturales que esta atractiva ciudad ofrece, no debe olvidar realizar una visita al “Centro de Interpretación da Muralla”, que se ha denominado como la “undécima puerta” de este recinto. Está ubicado en la preciosa y céntrica Praza do Campo en un edificio del siglo XVIII. Su objetivo es revitalizar y poner en valor no sólo la muralla, sino todo el patrimonio arquitectónico, histórico y cultural que alberga la ciudad de Lugo. Y es que Lucus Augusti es mucho más que una muralla; es la memoria histórica de un pasado que pervive en cada rincón de la ciudad. Desde que la UNESCO incluyó a este recinto fortificado en la lista de Patrimonio de la Humanidad, la pequeña ciudad de Lugo se ha convertido en una de las grandiosas urbes europeas, gracias a estas resistentes piedras que han soportado el paso del tiempo y que la singularizan y la convierten en única.