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miércoles, 3 de octubre de 2012

Betanzos de los Caballeros (II)


El Pasatiempo, donde habita la originalidad.
La historia y el devenir del Betanzos de las últimas décadas no estarían completos sin la memoria de sus dos indianos benefactores: los hermanos García Naveira. Su máxima preocupación, recién llegados de Argentina, se centró en invertir su fortuna, conseguida en América, en obras benéfico-sociales y en los aspectos educativo y cultural. Intentaron que los niños y adultos de Betanzos tuviesen unas oportunidades que ellos no habían tenido la suerte de disfrutar.  

El Sanatorio de San Miguel; la fundación de Escuelas -en las que se aplicaron las más avanzadas técnicas pedagógicas y que, hoy en día, se conservan en condiciones óptimas-; dos lavaderos públicos sobre el río Mendo -uno de ellos, el de “As Cascas”, todavía se sigue usando-; el asilo de ancianos; su propia casa, de estilo afrancesado, situada en la Plaza del Campo y, sobre todo, el singular y encantador Parque del Pasatiempo, son obras construidas por ellos. Aunque algunas ya han desaparecido, otras se han logrado conservar. Entre éstas últimas destaca este extenso parque enciclopédico, a las afueras de Betanzos, que no pasará desapercibido para el visitante. Encontrar un conjunto tan peculiar y original en cualquier otro lugar del mundo, creo que puede convertirse en una ardua y quizá imposible tarea. Por ello, este entrañable e imaginativo parque pienso que merece un capítulo propio dentro de este reportaje.


El fantástico y onírico proyecto fue ideado por ambos indianos entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, con la pretensión de servir no sólo de espacio de recreo, sino también como un ámbito educativo para los betanceiros y para los habitantes del entorno. Muestra aspectos y elementos de la historia y cultura de países lejanos. Para realizar este ambicioso trabajo, Don Juan García Naveira, su principal propulsor, se hizo con una superficie de terreno de 90.000 metros cuadrados, y que recibirá el nombre de “la huerta de Don Juan”. Los conocimientos adquiridos en sus muchos viajes le sirvieron de inspiración para plasmar, en esta gran obra personal –considerada por algunos como la “obra de un loco”-, las escenas y maravillas que descubrió.

En esta extensión se distinguen dos partes muy bien definidas. Un primer elemento orográfico responde a una llanura pantanosa, cuyas aguas fueron canalizadas y que se preparó para albergar jardines con avenidas, puentes, plazoletas y grandes fuentes como la de las Cuatro Estaciones, la de Neptuno o la de Cupido; y también estanques, entre los que destaco el de los Papas que estaba rodeado por los bustos de los 400 pontífices que habían existido desde San Pedro. Pequeñas construcciones, como la casa de los espejos o el pabellón de los mosaicos, formaban, también, parte de este parque. Cada una de las avenidas que ordenaba los jardines tenía una finalidad didáctica e ilustrativa. Existía, así, la avenida de los Emperadores Romanos, adornada con los bustos de aquellos personajes históricos realizados en mármol blanco; la avenida de los Álamos, con esculturas de destacados hombres de letras como Dante, Dickens, Cervantes, entre otros; y grupos escultóricos como el de la Caridad Romana y el de los Hermanos García Naveira. Hasta su propio dormitorio y comedor totalmente amueblados, hechos en mirto recortado, aparecían también representados. A estos jardines se accedía a través de una gran entrada custodiada por dos leones, esculpidos en mármol de Carrara, y que fueron trasladados al Santuario de Covadonga en Asturias.

El segundo elemento orográfico del parque es la ladera de la colina. Esta zona –la que mejor se ha conservado de todo el conjunto- se preparó en cinco niveles en donde podemos contemplar un completo y sorprendente grupo de temas enciclopédicos: el estanque del Retiro, misteriosas grutas y cuevas artificiales con sus estalactitas y estalagmitas, un gigantesco león, inscripciones y altorrelieves a lo largo de las paredes realizadas en diversos materiales, entre los que predomina el cemento. Aparecen representadas, así, la escena del viaje realizado por don Juan y su familia a Egipto, la muralla china, la pared de los husos horarios, una estación funicular, un aeroplano, el canal de Panamá, el árbol genealógico del capital, seres mitológicos, un buzo, entre otros curiosos temas y relieves escultóricos. También tuvo cabida un pequeño zoológico en la parte superior de esta ladera. Todo ello rodeado por una exótica vegetación. Y en lo más alto, el mirador chino desde el que podemos contemplar una vista panorámica de la Ciudad de los Caballeros.
 
 
 
A partir de la década de los años 30, con la muerte de Don Juan, el inicio de la guerra civil, la erosión que ocasiona el paso del tiempo, los expolios y las intervenciones urbanísticas en su entorno -como la apertura de una carretera que atravesaría toda la finca rompiendo esta unidad en dos partes-, se produce el progresivo abandono y declive del Pasatiempo que, incluso, llegó a aparecer en famosas guías turísticas de la época. Cayó, así, en el olvido y la desidia.

Después de haber visitado en un par de ocasiones este excepcional parque, plagado de abundantes imágenes e inscripciones interpretativas, siempre me ha surgido la pregunta de por qué una obra con unas características tan llamativas ha quedado abandonada y habitada por la maleza durante bastantes años. ¿Sería, quizá, porque, para un historiador, este parque, sin apenas antigüedad, carecía de una calidad artística reconocida y, consecuentemente, se trataba de una obra cuya monumentalidad se ha cuestionado?
 
 
A partir de los años 80 y 90 del siglo XX, el interés de diferentes colectivos por conseguir que este emblemático y fantasioso parque floreciese de nuevo, logra las ayudas económicas para realizar los proyectos de rehabilitación que supondrán una destacada remodelación de este encantador paraje único. Así, la estatua de los hermanos García Naveira se traslada a su ubicación actual, en la Plaza del Campo. Además, el Ayuntamiento adquiere los terrenos de la zona ajardinada, levantando en ellos unas instalaciones deportivas. La denominada parte enciclopédica fue restaurada en su mayoría, prevaleciendo una recuperación fiel al conjunto original. Aunque no se pudo hacer lo mismo con la parte inferior, sí se acondiciona una nueva zona ajardinada: se coloca una pajarera, se construyen nuevas fuentes y canales que se pueblan con aves acuáticas, un laberinto y un parque infantil. Además, se edifica un auditorio al aire libre en el que se celebran espectáculos teatrales y musicales.

Desde su construcción, este sorprendente parque ha recibido infinidad de críticas negativas: desde su falta de valor artístico e histórico, encuadrándolo dentro de un arte kitsch, en el que prevalece el cemento, hasta incluirlo dentro de las características del arte naif que sólo era apreciado por las gentes sencillas e infravalorado por los estudiosos de arte. Luis Seoane, en su artículo “El Pasatiempo de Betanzos”, publicado en los años 50 del siglo pasado, se refiere a él con este magnífico elogio: “una obra casi perdida que el arte gallego puede, sin embargo, clasificar en un capítulo de su historia”. Aunque no pueda alcanzar el auge que tuvo en su momento, el Pasatiempo se ha convertido, de nuevo, en un gran espacio de recreo, de fantasía y magia, en una maravilla rescatada del olvido desde el recuerdo.

 El Betanzos festivo, donde pervive la tradición.
Pero Betanzos no sólo ha conservado sus magníficas obras de arte, también ha sabido guardar su vida y sus festejos tradicionales de carácter religioso, conmemorativo, comercial o de esparcimiento.

Son variadas las fiestas y romerías parroquiales y de barrio que tienen lugar en la villa, a lo largo de todo el año, aunque algunas de ellas, con interrupciones. Pero todo su ciclo festivo está presidido por los grandes festejos patronales de la villa: los que tienen lugar en pleno mes de agosto, en honor a su patrón, San Roque, el santo peregrino y protector ante cualquier mal, que tenía su capilla en el mismo Campo de la Feria. Son fiestas declaradas de Interés Turístico Nacional con gran significado tradicional y religioso.

En el año 1416, la ciudad se había ofrecido a San Roque por la intervención divina que éste hizo para atajar la peste y, desde entonces, todos los años, los betanceiros cumplen con el voto. El centro de estos eventos, que duran unas dos semanas, se sitúa en la Plaza del Campo. En la torre de la Iglesia de Santo Domingo, se realiza, además, precisamente en la noche de San Roque, el 16 de agosto, el lanzamiento del famoso globo de papel de Betanzos –considerado el aerostato, fabricado en ese material,  más grande del mundo-; un original espectáculo de amplia resonancia, que empezó hace casi dos siglos, y al que llegan a asistir miles de personas. La familia Pita es la principal organizadora de este acontecimiento. Después de montar todas sus piezas, pintadas y decoradas por artistas, que reflejan la actualidad política y social desde un punto de vista satírico, se infla, quemando gavillas de paja. Es el momento álgido de unas fiestas caracterizadas por el respeto a un pasado y a unas tradiciones.

Junto a los festejos en honor a San Roque, la famosa gira en embarcaciones, adornadas con ramas, flores y cintas, para ir a comer a los Caneiros, es otro reclamo más para acercarse a conocer esta atractiva villa. La romería fluvial betanceira, declarada de Interés Turístico Nacional, invade el río Mandeo, aguas arriba los días 18 y 25 de agosto, desde la misma villa hasta el Campo de Os Caneiros. La obligada diversión, en donde se mezcla el agua y el vino, la gastronomía y el disfrute de un paisaje de gran atractivo son los elementos primordiales de esta romería. Sofía Casanova hizo referencia a esta popular celebración con los siguientes versos:

“¡Los Caneiros! Poesía
                                               inefable de mi tierra,
                                               divinamente pagana
                                              y cristianamente bella…”
 
No puedo terminar esta referencia a las fiestas de la villa, sin aludir a su concurrido mercado medieval que se celebra el segundo fin de semana de julio y que cada año alcanza una mejor consolidación. Aunque las ferias medievales se suceden por toda la geografía gallega, especialmente en la temporada estival, la de Betanzos la considero uno de los mejores mercados de este tipo. Fue en el siglo XIV cuando a esta villa se le concedió un privilegio real para la celebración de una feria franca anual con el objetivo de impulsar la actividad económica. Aquel mercado se revive ahora con la Feria Franca Medieval de Betanzos. En este atractivo evento, el olor de los productos gastronómicos que se elaboran en sus puestos, así como el de especias e incienso impregnan todo el casco urbano brigantino. Los tenderetes de artesanía y las actividades gremiales se multiplican en cada calle y en cada esquina. Los espectáculos y recreaciones históricas –como el apresamiento y la expulsión de los leprosos de la villa-, los torneos, trovadores, malabaristas y músicos asaltan a los miles de visitantes que se acercan durante esos días hasta este escenario medieval de la Ciudad de los Caballeros. Todos estos elementos enriquecen una ambientación que ha conseguido que Betanzos reviva el esplendor de aquella época, y que un recorrido por sus calles, durante esos tres días, suponga un viaje imaginario a su glorioso pasado.
 
 
También es reseñable la exaltación de la tortilla durante la celebración de la fiesta de este producto gastronómico y que tiene lugar en el mes de junio desde hace sólo tres años; así como la Fiesta del Vino de Betanzos, en mayo, para ensalzar este néctar de dioses.

Por otro lado, tanto la Bienal Internacional de Pintura al Aire Libre, conocida como “Las Balconadas” -las telas que realizan pintores de diversos países se exhiben desde los balcones-, o el Curso Internacional de Grabado son ejemplos que muestran que la cultura y el arte en Betanzos siguen vivos.

Una conservación necesaria.
Es probable que, cuando recorremos esta señorial ciudad, declarada conjunto histórico-artístico en el año 1970, por sus barrios antiguos, sus casas y sus monumentos, pensemos que Betanzos se mantuvo así durante siglos. Grave error. Desde tiempos medievales, el viejo burgo brigantino ha sufrido la destrucción, el deterioro y ruina de muchos de sus edificios. Los devoradores incendios, la erosión que provoca el paso del tiempo y el abandono han contribuido a que el conjunto arquitectónico de Betanzos fuera derruído, pero también levantado en varias ocasiones. Existen documentos históricos que mencionan, incluso, destrucciones de casi toda la villa. Pero a pesar de que sus antiguas viviendas y demás edificios hayan sido derrumbados por una pluralidad de causas, sí se ha conservado  el diseño  y el sabor antiguo de sus plazas y de sus calles medievales. En Betanzos, la judería, el trazado de su muralla y los edificios góticos conviven plácidamente con las galerías blancas de madera de la arquitectura popular, y con las casas blasonadas de granito componiendo una de las estampas más hermosas y heterogéneas de Galicia que nos quedará grabada en nuestra retina.

El Betanzos histórico, de solera y de gran belleza, que podemos admirar hoy, es el resultado de una evolución natural, de una serie de cambios que se han producido durante su larga existencia en épocas de fortuna  pero también de malos presagios.

Y es que todos los cascos históricos son delicados y el de la Ciudad de los Caballeros no iba a ser la excepción. Betanzos ha empezado a enfermar. Necesita una urgente intervención para salvar del abandono y de la ruina una gran parte de las casas que malviven en su zona vieja y que han entrado en una fase seria de degradación y de desplome: muros y cubiertas a punto de caer, paredes abombadas, grietas, galerías y balcones en un estado precario…son motivos que anuncian un declive. Fue el 2 de octubre de 2008 cuando saltó la alarma. Después de años de abandono, el dueño de la conocida como Casa Gótica, una construcción del siglo XV, de la calle de la Cerca, considerada, junto con la que lleva el número 9, como la más antigua de Betanzos, derribó su fachada –con una puerta enmarcada por un arco conopial y dos escudos-, argumentando motivos de seguridad. Este hecho se ha convertido en el ejemplo simbólico que nos indica la gravedad de la situación. Pero la falta de subvenciones económicas, la lentitud de la burocracia, junto con los problemas de herencias, hacen que el proceso por rehabilitar las viviendas del casco histórico se ralentice. Sólo cabe esperar que las transformaciones urbanas y arquitectónicas que se producirán no cambien, sustancialmente, las características de este conjunto irrepetible.

Para que una villa como Betanzos perviva, es necesario conservarla y reconstruirla tanto material como simbólicamente, e irla reinventando al mismo tiempo; pues nada queda hecho permanentemente. Sería una lástima que este paraíso urbanístico de la Edad Media gallega se quedase sin sus Caballeros.
 

martes, 22 de mayo de 2012

Pontedeume, la legendaria villa de los Andrade (IV)

Sobre vinos y fogones.
Con esta cuarta entrega doy por terminado el recorrido por la villa de los Andrade. El siguiente texto de Juan Eslava Galán me sirve como introducción para iniciar un suculento paseo de índole gastronómica y festiva por Ponte de Ume.

Se come estupendamente, a la gallega, en las tabernas y establecimientos de la ría. Aquí el viajero, mientras traían el pulpo humeante, rastrillaba con la firme corteza del pan la mantequilla perlada de suero y aspirando aromas de la cocina se llevaba el manjar golosamente a la boca”. (“Mil sitios que ver en España al menos una vez en la vida", Juan  Eslava Galán).

No sólo recuerdo este breve texto de Juan Eslava Galán sobre la gastronomía de esta localidad, sino que también se han asomado al  balcón de mi memoria las palabras escritas por Ramón Loureiro en un artículo periodístico dedicado a la villa de los Andrade y que decía algo así como que “las calles (se refería a las de Pontedeume), como en muchos de los lugares que llevamos dentro, huelen a café y a churros recién hechos…” Y, en verdad, que los primeros recuerdos aromáticos que conservo de este pueblo son los procedentes de un pequeño negocio, a la entrada de la villa, muy próximo al muelle y al que mis padres me llevaban a tomar un exquisito chocolate acompañado, precisamente, de unos deliciosos churros.

Pero para referirme al arte gastronómico, debo remitirme, obligatoriamente, a las “Cantinas do Eume”. Unas cuantas se sitúan en la ruta que se dirige hacia Caaveiro. Se trata de una red ejemplar de negocios hosteleros y de restauración -algunos de ellos se encontraban en una fase decadente- que renovaron y reciclaron, con gran estilo, tanto sus instalaciones como la elaboración de sus guisos y de sus habilidades culinarias. Es destacable la acertada iniciativa para convertir unos viejos negocios de hostelería en estas modernas y acogedoras cantinas, en donde degustar una oferta gastronómica apetitosa y tradicional.





Ya que Pontedeume es una villa para descubrirla mientras se recorre su sencillo entramado urbano salpicado de negocios y de bares, recomiendo realizar visitas gastronómicas y enológicas por los diversos establecimientos dedicados a este tipo de servicio, degustando una variada gama de platos propios y de calidad. Muchos son locales de toda la vida, mesones típicos con fuerte olor a vino y que, aún, conservan esa solera y ese encanto de antaño; tabernas abarrotadas hacia el mediodía, buen momento para paladear unos caldos que deleitarán nuestro ánimo y para saborear desde unas exquisitas tripas cocidas, hasta una ración de marisco de nuestras rías, pasando por unos sencillos, pero suculentos, platos de zorza o de raxo; o bien conocer el sabor complejo de la costrada, algo parecido a una superposición de varias capas de una masa especial entre las que se intercala el relleno realizado con diversos tipos de carnes, marisco o pescados. Se dice que la costrada fue introducida, allá por la Edad Media, por los monjes agustinos que venían de Italia. Y para los más golosos, no puede faltar una excelente repostería de apetitosos dulces como los almendrados, la proia -realizada con manteca-, la tarta de huevo, el manguito -bizcocho redondo con almendra-, o los melindres.




Y si es sábado el día elegido para acercarse hasta la villa de los Andrade, la degustación de la oferta gastronómica se complementará con un recorrido por su Feirón, todo un apogeo de tenderetes. Aunque hace unos años que no acudo a este famoso evento que anima la villa todas las tardes de los sábados, conservo en mi retina el colorido de los variados puestos de venta que se desparraman por las angostas calles, plazas y soportales: vendedores de quesos, verduras, de ropa, artesanos,…. Guardo la algarabía de sonidos y de regateos mercantiles que se confunden entre mil y una conversaciones, y de los olores a frutas, hortalizas, empanadas, y embutidos que flotan entre el bullicio de sus callejuelas. Es difícil abandonar la villa sin adquirir alguno de esos productos en este mercado que tiene sus orígenes en la concesión que Enrique IV hizo a Ponte de Ume en el siglo XV para, así, poder celebrarlo.


Una dinamización turística y cultural.
Al igual que otras villas gallegas, desgraciadamente, Pontedeume se encuentra inmerso en una etapa de incertidumbre, quizá hasta haya penetrado en una temerosa cuenta atrás. Considerando que los edificios sobreviven a los hombres que los levantaron, la impresión que nos llevamos de las construcciones civiles y religiosas de este pueblo es la de que han sido abandonadas, entrando ya en una evolución encaminada al deterioro. Esta villa atlántica necesita unos cambios  que deberían buscar la mejora de su imagen. Muchas de las viviendas de su casco viejo, especialmente de la zona próxima a la iglesia de Santiago, están deshabitadas, abandonadas; en definitiva, han entrado en una fase decadente, de ruina y de aberraciones y reclaman una restauración y reforma de su estructura y de su entorno para poder salir de esta precaria situación. Espero que el Plan Especial de Protección y Rehabilitación Integral (PEPRI), sobre el que creo que ya se está trabajando, fije las normas urbanísticas para la recuperación del casco viejo de la villa de los Andrade, villa que ha sido declarada por su relevancia histórica como Bien de Interés Cultural (BIC). Se buscará la reinterpretación de los usos y de las funciones de sus espacios, combinando una adecuada rehabilitación con una moderna renovación, impulsando, al mismo tiempo, la recuperación de su patrimonio arquitectónico, urbano, artístico y cultural, logrando que el casco antiguo vuelva a llenarse de vida. 
Por otro lado, algunas de sus calles y plazas mantienen el encanto antiguo con elegantes edificios nobiliarios que sí han podido conservar la estructura arquitectónica y que, todavía, nos transmiten el embeleso de tiempos pasados.



En definitiva, estas ricas tierras del Eume y sus alrededores son magníficos ejemplos de una riqueza artística y cultural dentro de un espacio con un alto valor paisajístico y natural que no dejará indiferente a nadie.

No debo olvidar sus fiestas y concurridas romerías ya que son otra adecuada excusa para acercarse hasta aquí: fiestas como la de las Peras, que se celebra del 7 al 11 de septiembre en honor a San Nicolás de Tolentiño y la Virgen de las Virtudes y en la que se realiza la subida por el Eume en pequeñas embarcaciones; o la romería de Breamo que tiene lugar dos veces al año -el 8 de mayo y el 29 de septiembre- junto al templo de San Miguel de Breamo y que, una vez allí, además de contemplar la espectacular vista a la ría, la tradición nos dice que hay que dar nueve vueltas a la capilla, en el más absoluto silencio, para ahuyentar a las “meigas”.
Verdaderamente, Ponte de Ume se puede convertir en una inagotable fuente de recursos turísticos si se sabe administrar y  mimar correctamente. Dentro de toda esta oferta turística y cultural, es de obligada mención la celebración de un acontecimiento festivo que, desde hace dos años, tiene lugar en el primer fin de semana del mes de julio. Se trata del “Feirón Medieval dos Andrade”. Durante tres días, la villa retrocede al esplendor del siglo XIV.



Invito, pues, a toda persona que así lo desee, a realizar un tranquilo recorrido por esta apacible comarca gallega. Sólo impongo una condición: la de dejarse seducir por su encanto para, así, introducirse, casi de lleno, en la época quizá más importante de Ponte de Ume, la que le otorgó las señas de identidad que hoy tiene: la época medieval de la saga familiar de los Andrade.


sábado, 28 de abril de 2012

El Barrio Húmedo de León

Leí en alguna parte que la ciudad de León tiene tres grandes tesoros: su elegante catedral gótica, la Real Colegiata de San Isidoro -toda una joya del románico- y el  majestuoso Hostal de San Marcos.

El primero de estos tesoros que he mencionado, la catedral, es su edificio más emblemático, un excelente monumento donde luz y piedra crean una armonía perfecta. Sus magníficas vidrieras de origen medieval proporcionan a las capillas y naves de su interior un sugerente juego de policromías, de luces, de sombras, de transparencias….


Su segundo tesoro, la Real Colegiata de San Isidoro, es la celosa guardiana que ha acogido, durante siglos, los restos de varios monarcas leoneses que yacen enterrados en su Panteón Real, cuyas bóvedas de crucería están decoradas con unos admirables frescos románicos con motivos y escenas del Nuevo Testamento y con un bello calendario agrícola. Se ha calificado la cripta en donde se ubican como la “Capilla Sixtina” del arte románico.
Su tercer tesoro, el grandioso Hostal de San Marcos, en su origen hospital y templo de peregrinos jacobeos, es hoy un lujoso parador de cinco estrellas, toda una espléndida construcción de estilo plateresco.
Pero los tesoros de esta ciudad no se limitan sólo a esas tres joyas artísticas. Edificios como la Casa de Botines, de estilo modernista y construida por Gaudí; palacios como el de los Guzmanes del siglo XVI o el de los Condes de Luna; iglesias como la de Nuestra Señora del Mercado; hermosas plazas como la Mayor -toda ella porticada y en donde los sábados se celebra un populoso mercado-, la acogedora y pintoresca Plaza del Grano, con un carácter marcadamente rural, empedrada y con una fuente clásica en su centro -se la denomina Plaza del Grano porque en ella tenía lugar la feria de cereales-; los vestigios de sus murallas, unas de origen romano y otros lienzos de fábrica medieval; o sus museos como el MUSAC, un edificio vanguardista digno de ver, son ejemplos de otros muchos tesoros que León esconde y que hay que ir descubriéndolos a través de un caminar pausado por su núcleo histórico que no sólo ha sabido conservar éstas y otras valiosas arquitecturas, sino que ha guardado fiel y celosamente la toponimia de muchas de sus calles, plazas y callejuelas. Son nombres evocadores de viejos oficios artesanales como la calle de la Azabachería, Platerías, Zapaterías, Carnicerías…. Son calles y plazas que nos recuerdan la vieja historia de León que se forjaba en sus barrios de carácter popular.

Precisamente, en el corazón mismo del casco viejo de León, el denominado Barrio Húmedo acoge a los visitantes para perderse en un entramado laberíntico de callejuelas, calles y plazas y en donde  la que escribe sufrió, en más de una ocasión, el desasosiego de la desorientación. Este acertado nombre procede de la gran dotación de establecimientos hosteleros y de restauración que se distribuye por sus calles y que ofrece a sus clientes apetitosos platos de la cocina tradicional leonesa acompañados por todo tipo de caldos etílicos y demás brebajes espiritosos a gusto del consumidor, todo un paraíso del buen beber y mejor comer. Así que, asombrada me quedé mientras recorría un  amplio conjunto de animadísimas callejas que se entrecruzan, abundantes en tabernas, bares, restaurantes, mesones no aptos para los abstemios y demás cristianos y no cristianos que mortifican su cuerpo y dominan sus pasiones gastronómicas a base de dietas y ayunos varios. Más asombrada me quedé, todavía, cuando descubrí la gran multitud de tabernarios, aficionados a ese buen beber y mejor comer que, de mesón en mesón, de templo en templo gastronómico, loaban mañana, tarde y noche, al dios Baco por medio del sano ritual del tapeo y del chateo. También es cierto que era Semana Santa, que la ciudad era un hervidero de visitantes y que sus tradicionales pasos procesionales, de interés turístico, atraen a miles y miles de espectadores y curiosos.

Establecimientos veteranos y emblemáticos, antiguas casas de comidas que apenas han sufrido transformaciones en su decoración y en la distribución de sus espacios, conservándose como antaño, y que sirven sabrosos embutidos leoneses y otros deliciosos manjares se mezclan con nuevos negocios para los aficionados a la comida rápida o con nuevos locales que intentan seguir los pasos de esas viejas tabernas con solera que, por suerte, siguen existiendo en la ciudad.
El olor a morcilla, a chorizo, a cecina, a queso, a jamón, a fritos variados, a cordero asado, y demás placeres culinarios leoneses se mezcla con la embriagadora atmósfera que invade cada uno de esos establecimientos. Todo un apetitoso reclamo para entrar en estos santuarios de la gastronomía leonesa -si es que la invasión de fieles que acude a ellos lo permite y no tenemos que recurrir a la técnica de los empellones-, aproximarte al codiciado y sagrado altar y pedir a los solícitos taberneros, fieles siervos actuales de aquel dios Baco, algo con que humedecer el gaznate y tranquilizar el estómago, satisfaciendo, así, las necesidades proteínicas y vitamínicas que nuestros pobres cuerpos bulímicos reclaman.

Y si la visita se realiza en Semana Santa, como así fue en mi caso, parece que es de obligado cumplimiento saborear la típica limonada. Todos estos templos de la gastronomía leonesa colocan, de manera bien visible, el anuncio de “Hay limonada”. Una, que es muy ingenua, se imaginaba que, como la época estival y el calor empezarían a acechar muy pronto por esas tierras leonesas, todas estas tabernas comenzaban a elaborar dulces y sanos refrescos realizados con el zumo de los limones. Hasta que mi acompañante, tan ignorante como yo en cuestión de limonadas leonesas, pero más observador, descubrió que no se trataba de esa bebida fría y saludable.
-          “¡¡Ah no!! ¿Y entonces qué es?”, le pregunté.
-          “Es una mezcla de vino tinto con trozos de frutas”, me respondió él.
Efectivamente, tras observar atentamente yo también, averigüé que la famosa limonada, del color rojizo del vino, la tenían ya elaborada en jarras y lista para servir en vasos achatados. En esas jarras podía apreciar el color morado tan característico del anhelado zumo de uva mezclado con la policromía que ofrecen diversos trozos de frutas variadas flotando por todo el interior del recipiente.
Por suerte, mientras fui desconocedora de los ingredientes de la famosa limonada, no se me ocurrió pedirla en ninguno de los locales en los que entramos durante los tres días que pasamos en León. El ridículo que podría haber hecho yo, por culpa de mi ignorancia en materia de limonadas leonesas, en el momento en que me la sirvieran sería histórico y la consecuente vergüenza que pasaría provocaría que mi rostro adquiriese el mismo color de esa limonada:
-          “No le he pedido un vino, le he pedido una limonada”, le habría dicho al atento camarero.
Aunque creo que existen varias interpretaciones sobre el origen de la limonada leonesa, también denominada “matar judíos”, parece que hay que remontarse a tiempos medievales, cuando, durante la celebración de la Pascua, los cristianos leoneses se acercaban a la judería –el Barrio Húmedo- para vengarse de los judíos, puesto que los consideraban los autores de la muerte de Cristo. Pero a pesar de que durante esos días de carácter religioso, no se permitía el consumo de vino, tanto los guardias, encargados de velar por el buen orden público, como otras autoridades daban su consentimiento para que, en aquellos mesones, se sirviese una bebida elaborada con vino, limón, azúcar y agua. De esta forma, gracias a la embriaguez producida por ese brebaje, los cristianos desistían de tales intenciones violentas.
Está claro que el Barrio Húmedo de León, posiblemente una de las mejores zonas de vino y tapeo de España, ha sabido reforzar y conservar la esencia de la sabrosa cocina autóctona leonesa. Ir de vinos por este barrio es comparable a toda una celebración religiosa pero de índole gastronómica, todo un ritual que ningún visitante debe olvidar realizar. Como bien le dijo el jamón al vino: aquí te espero, buen amigo, también el Barrio Húmedo ahí está, aguardando por sus acólitos para que cumplan con el recorrido procesional por muchos de sus tradicionales santuarios gastronómicos del buen beber y del mejor comer.


sábado, 17 de marzo de 2012

Cedeira, tierra de mar (III)

Magia y misterio en A Serra da Capelada.
En la última entrega sobre la villa marinera de Cedeira dejé indicado la obligatoriedad de visitar el simbólico santuario de San Andrés de Teixido del que, además, existe una reseña publicada en el blog sobre este centro de peregrinación.

Y es que está claro que Cedeira oculta algo más. Amparada, durante siglos, por recios precipicios costeros, Cedeira esconde leyenda.
Esta villa es el punto de partida para acercarse hasta el enclave mágico y emblemático de San Andrés de Teixido, a unos 12 kilómetros de distancia de la población cedeiresa, y que creo merece una reseña aparte. Desde el mismo centro de la villa, parte la estrecha y empinada carretera que lleva hasta este relevante y mítico punto de peregrinación recorriendo las estribaciones de la Serra da Capelada, un enclave de una belleza natural sorprendente y especial, con un destacado interés geológico, que se extiende desde la villa cedeiresa hasta Ortigueira y Cariño. La carretera serpentea entre terrenos costeros, rudos y escarpados en los que no pueden faltar los bosques autóctonos ni los verdes pastos; y si la niebla acompaña, durante el trayecto, el efecto mágico puede ser realmente sorprendente.
Ahí, bajo impresionantes molinos de energía éolica, pastan los caballos salvajes en libertad. Precisamente, enmarcado por ese escenario prodigioso y autèntico, se celebra, el primer domingo de julio, el “Curro da Capelada” o “Rapa das Bestas”. Un espectáculo de gran importancia etnográfica en la que se realizan actividades relacionadas con la cría del caballo garañón como el marcaje, la corta de las crines o la pelea.

Protegida y escondida por esos impresionantes y escarpados acantilados que permanecen incólumes contra el fuerte batir de un mar embravecido, ubicada en una ladera atlántica occidental de vivos colores verdes, y como si de una aparición se tratara, surge la pintoresca aldea de San Andrés de Teixido, uno de los lugares de peregrinación más concurridos y ancestrales dentro del imaginario gallego y cuyos habitantes no llegan a los 50 vecinos.
Aunque el 8 de septiembre sea el día en el que se celebra su sonada romería, a lo largo de todo el año no dejan de llegar peregrinos y feligreses que no sólo se acercan hasta aquí por motivaciones religiosas, sino también por interés turístico. Nunca olvideis que su santuario atrae a vivos y a muertos. Imagino que muy pocos gallegos ignoran el famoso dicho popular -me atrevería a decir que se trata casi de una sentencia- y que dice que “a Santo Andrés de Teixido vai de morto quen non foi de vivo”. Quien no cumpla con este precepto en vida, tendrá que hacerlo una vez muerto, reencarnado en cualquier especie animal. Así que, aconsejados por la sabiduría y la superstición populares, de prudentes será ir con frecuencia a este singular finisterre gallego.
Además de visitar la capilla y de rezarle al santo, de depositar algún exvoto en el interior de la iglesia –si es el caso-, todo buen peregrino deberá cumplir otros rituales obligatorios como el de conseguir la “herba de namorar”, adquirir los sanandreses, beber de los tres caños de la fuente del santo y echar migas de pan en sus aguas mientras se piden deseos; pero ¡ojo!, si las migas de pan se hunden, no es buen presagio…; también se mojan pañuelos en ella para aplicarlos después sobre verrugas y manchas de la piel con el fin de eliminarlas, dejándolos, a continuación, a “secar el mal” en los árboles.
Está claro que San Andrés de Teixido es un ejemplo representativo de devoción popular en plena naturaleza, de prácticas cíclicas en donde se mezcla lo religioso con tradiciones milenarias y ritos paganos.
Sobre uno de esos ritos, el de la fecundidad, circulaba la siguiente copla:
“Sonche milagros de San Andrés,
que van dous e veñen tres.”

Tampoco hay que olvidarse de adquirir, en los puestos de venta situados en el camino de bajada al templo, y entre otros souvenirs, los llamativos sanandreses, figuras artesanas de colores vivos, realizadas con miga de pan endurecido, y que representan a Cristo crucificado, al mismo San Andrés y los elementos relacionados con su leyenda: la barca, la sardina, el ancla...
Además, al viajero se le ofrecerá de regalo la preciada herba de namorar para conseguir pareja. Para ello, hay que introducir un ramito de esa famosa hierba en el interior de una prenda de la persona amada y, si es posible, susurrarle estos versos:
“A herba de namorare
A herba namoradeira,
A herba de namorare
Tráigocha na faltriqueira”.
Quien sufra mal de amores, ya sabe, pues, a dónde tiene que acudir y qué hacer…

El visitante que se acerque a esta pequeña aldea recóndita de la Serra da Capelada, de angostas calles de piedra, descubrirá que, integrada en el paisaje, predomina una tipología arquitectónica de cachotería encintada en blanco, tanto en las viviendas como en el mismo santuario de fábrica barroca muy sencilla. Se trata de un edificio de carácter rural y humilde nobleza, precedido de un atrio, lugar de reunión de vecinos y peregrinos, además de excelente mirador. En su interior se encuentran las pinturas murales que escenifican el martirio de San Andrés.

Está claro que este magnífico lugar, con destacadas referencias religiosas y mágicas, en donde tradición y naturaleza se compenetran, bien merece una visita. Y es que nadie, ni muerto ni vivo debería dejar de acudir a él, a este hermoso rincón escondido de Galicia, a este enclave intimista que, entre abruptos acantilados, montes ondulados y aguas bravas, apenas se ha transformado ni ha perdido nada de su hechizo.

Después de haber visitado el famoso santuario de San Andrés y, por supuesto, tras haber realizado los obligados rituales que todo buen peregrino debe cumplir en Teixido, continuaremos por la carretera que discurre por esta fascinante sierra y llegaremos a la garita de vigilancia costera denominada Vixía de Herbeira que separa los límites municipales de la villa marinera de Cariño de los de Cedeira. Se trata de una peculiar y sencilla edificación, un pequeño puesto de vigilancia, construido, en el siglo XVIII, para poder prevenir posibles ataques de flotas enemigas. Desde aquí, los giritanos -habitantes que poblaban ese entorno- controlaban este espacio marítimo, caracterizado por la inmensidad de la costa acantilada que lo circunda. Todo un espectáculo, especialmente si la mar está embravecida. Con sus más de 600 metros de caída vertical sobre el océano, constituye un imponente mirador sobre unos cantiles considerados como los más altos e impresionantes de la Europa Atlántica, después de los noruegos. Desde ahí, se aprecian los famosos Aguillóns, unos agudos peñascos que emergen de las aguas como si fuesen uñas de percebes. Al penetrar las montañas en el océano, se dibuja un paisaje único y hechizante, una sensación de fin del mundo, de ahí que se haga referencia a este entorno y a este lugar como “O Cabo do mundo”. Y es que la grandiosidad del mar y la altura de sus asombrosos acantilados enmarcan este territorio en un escenario prodigioso de monumentalidad paisajística y de panorámicas infinitas.