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domingo, 18 de agosto de 2013

Paisaje cultural y subjetividad


Tuve un profesor en mi segunda etapa universitaria que nos explicaba, dentro de su asignatura sobre medio natural y paisaje, que este último se puede estudiar con criterios objetivos, pero también subjetivos. Asimismo, nos comentaba que el paisaje es una construcción intelectual de cada uno, por lo que hay tantos paisajes como observadores.

El paisaje es la apreciación visual y psicológica que todo individuo realiza sobre un territorio. Y es que la forma de contemplarlo tiene mucho que ver con la formación cultural que cada uno de nosotros hemos recibido y con nuestras experiencias. De ahí que cada sujeto tenga su particular percepción mental del paisaje. En la contemplación e interpretación de nuestros variados paisajes hay tres elementos que intervienen: el terreno en sí, el hombre y su propia percepción. Este último elemento sería el más subjetivo de los tres.



Igualmente, recuerdo que comentaba que todo paisaje en donde el elemento principal fuese el agua o las montañas es siempre más valorado, puesto que implica riqueza y fecundidad. No sucede lo mismo con los paisajes industrializados que reciben una valoración negativa. Estamos realizando, de esta forma, una interpretación cultural.

Cualquier paisaje, pues, está provisto de una carga material, pero también simbólica, cultural e identitaria. Territorio, naturaleza, cultura e historia se integran en un todo, son elementos y conceptos íntimamente relacionados. Si se destruye ese paisaje material se destroza la identidad propia. Por tanto, el paisaje tangible, físico se relaciona con un paisaje cultural, con un legado histórico. En definitiva, estoy aludiendo al paisaje cultural como resultado de diversos cambios provocados, a su vez, por luchas y cambios sociales, formado por una diversidad de elementos y fenómenos  variados, constituyéndose cada paisaje con rasgos propios e individuales.

Escribe Patrick O`Flanagan en su obra titulada “Xeografía histórica de Galicia” que “Os modelos de paisaxe derivan de hábitos culturais complexos e da conciencia de grupo que marcan as tradicións:dito doutro modo, a organización e estruturación de calquera paisaxe cultural emana do xogo activo entre procesos económicos e culturais; e este xogo de forzas ten lugar sobre o taboleiro da paisaxe”. El paisaje cultural, tal y como afirma Patrick O`Flanagan, se convierte en una importante fuente de información.



El paisaje, con sus componentes naturales, visuales, estructurales y antrópicos, es un elemento que, de manera sugerente, estimula nuestras emociones. Aquí entra un elemento importante: el placer de percibir y que tiene que ver con las valoraciones, las actitudes, las preferencias y con la ideología de cada uno. Esa percepción que realizamos de nuestros paisajes dependerá de las experiencias particulares y del nivel social y cultural de cada uno de nosotros. Un paisaje no lo percibe de la misma forma una persona urbanita, un neorrural o un rural. Así, pues, los usuarios del paisaje son variados al igual que también lo son sus percepciones, diferenciando los argumentos de los que conciben el paisaje como un medio económico para subsistir de los que lo consideran como un escenario para el disfrute de ocio y con carácter lúdico. Además de tener un importante valor patrimonial, nuestros paisajes tienen un gran valor sentimental.


Pero hay quien dice que los paisajes tienen que tener una función concreta y que si no la tienen están condenados a desaparecer, por lo que se haría necesario, según algunos paisajistas y geógrafos, seleccionar e incentivar unos recursos paisajísticos y sacrificar otros.
Me alegra saber que, desde hace unos años, se concibe el paisaje como parte del patrimonio de un pueblo y de una cultura, como un importante bien natural. Todo paisaje ha sufrido transformaciones a lo largo de su historia. Es una lástima que no siempre se puedan recuperar las huellas de lo que fue ese paisaje en tiempos remotos, puesto que considero el paisaje como un elemento destacable para comprender el desarrollo histórico de un pueblo.


Formamos parte hoy en día de una civilización que, desgraciadamente, degrada el medio natural que nos rodea. El valor ecológico de ese medio natural, su valor económico, estético y ético son motivos que tenemos que tener en consideración a la hora de respetar y cuidar nuestros paisajes, nuestro medio natural que nos ofrece unos aspectos antropológicos y unas formas de vida de carácter único.
Entender los paisajes culturales, los asentamientos, su planteamiento y diseño es, pues, un trabajo subjetivo y arduo, ya que su valor siempre se vinculará a la interpretación del observador.




jueves, 28 de marzo de 2013

El valor identitario y cultural de los conjuntos históricos: lugares de la memoria colectiva.


“Todas las ciudades del mundo al ser el resultado de un proceso de desarrollo más o menos espontáneo, o de un proyecto deliberado, son la expresión material de la diversidad de las sociedades a lo largo de su historia”.
(Carta internacional para la conservación de las ciudades históricas. Toledo, 1986)
                          
  
Cuando organizo un viaje a cualquier ciudad o pueblo de la geografía española, no puede faltar, dentro de mi programa, una visita a su barrio histórico, origen de la población, si es que esa localidad tiene la suerte de poseer uno. Y es que para mí, un centro o casco histórico –sea urbano o rural- es, en su inmensidad, toda una magnífica obra de arte, configurada por elementos y espacios arquitectónicos y artísticos diversos que diseñan una sinfonía magistral, que invitan al recogimiento, a la contemplación silenciosa, al encantamiento y que merecen un más que digno respeto, interés y protección. Son documentos sagrados hechos en piedra, vestigios y zonas arqueológicas de una o varias épocas que han evolucionado a lo largo de los siglos y que nos ayudan a entender nuestra historia, nuestra herencia cultural, evocadores de un pasado, de una memoria histórica colectiva.


Son ciudades y pueblos diversos: unos han nacido en lugares estratégicos de defensa, derramándose a los pies de su castillo, protegidos por los restos de una muralla; otros han surgido junto a ríos caudalosos; otros se han desarrollado por motivos comerciales, militares, religiosos o se han convertido en lugares sagrados y centros de peregrinaje; otros han tenido su origen en la actividad humanística, administrativa e incluso de ocio; otros se han manifestado en torno a aguas termales…; y otros abarcan varias de las anteriores características. Todos los conjuntos históricos tienen un enorme acervo monumental con construcciones y componentes que los identifican y caracterizan: su castillo y murallas, con puertas de acceso, que crean una aparición imponente; la urdimbre medieval de sus calles y de sus plazas con soportales; casas nobles y palacios, museos, monasterios, iglesias y catedrales, y otros elementos que constituyen el mobiliario urbano como cruceros, fuentes, jardines….; todos ellos piezas magníficamente tocadas por la nostalgia de lo antiguo y por el revestimiento lustroso del tiempo.




Pero tampoco debemos olvidar que el patrimonio cultural de nuestros centros históricos no lo integran sólo las construcciones arquitectónicas populares, civiles o religiosas, sino que hay que añadir otros aspectos y elementos como los paisajes urbanos o rurales, sus acontecimientos y celebraciones religiosas, culturales, festivas y tradicionales, su artesanía, los rasgos etnográficos y antropológicos e incluso sus mercados típicos y populares. Todos ellos y más son los rasgos identitarios y simbólicos, la memoria colectiva de un pueblo. Tenemos, pues, que saber apreciar y valorar las distintas épocas de una ciudad, la cultura de los diferentes pueblos, razas y religiones que la habitaron a lo largo de la historia, y entender que esa superposición de culturas aporta una infinita riqueza.





Los edificios de los conjuntos históricos de nuestras ciudades sufren procesos evolutivos vinculados a la estimación cultural y a los intereses económicos, sociales y políticos que se producen a lo largo de diferentes períodos. Durante su vida, esos bienes inmuebles se reajustan a las nuevas exigencias: unos se distinguen por su prestigio, por su posible utilidad, algunos incluso son inmortales; pero otros se menosprecian por improductivos e ineficaces, lo que puede ocasionar su postración y posterior degradación e incluso erradicación, llegando a sucederse circunstancias verdaderamente trágicas de daños y pérdidas definitivas desde el punto de vista artístico, cultural y social.

Según información leída en algún artículo, parece que existen, desgraciadamente, corrientes sectoriales que, sin miramiento alguno, abogan, en la época de las grandes urbes, por el eclipse o la defunción de los viejos cascos históricos. Pero, por suerte, hay otros colectivos, además de instituciones y organismos públicos y privados, que respaldan las actuaciones necesarias para frenar su deterioro urbanístico. Aunque, actualmente, en tiempos de grave crisis política y económica, estas actuaciones se están relegando, fatalmente, a un segundo y tercer plano.


Me incomoda y me duele comprobar cómo algunos de nuestros pequeños centros históricos se encuentran en peligro de desaparecer: bien por la falta de interés de los gobernantes; bien por la amenaza del avance, a veces indiscriminado y agresivo, de la ciudad industrial; bien por la desidia de los propietarios de muchos inmuebles que no consideran las viejas arquitecturas como un valor artístico o cultural; bien por el envejecimiento de su población y el vacío demográfico, por las dificultades de movilidad, por la recesión de los pequeños negocios comerciales tradicionales de siempre, por la escasez de servicios, o bien por la construcción de nuevos edificios en el entorno del viejo casco histórico, “colonización” que no se adapta a la fisonomía estereotipada que caracteriza a la ciudad antigua, llegando, en ocasiones, a constituirse una pluralidad de formas y espacios arquitectónicos incompatibles con la arquitectura secular.


No hay que olvidar que cada edificio, por humilde que sea, posee su biografía propia, una identidad definida por su historia, por su cultura, por sus antiguos usuarios.
Actualmente, en muchos de esos centros históricos que constituyen la parte más delicada de una ciudad o de un pueblo, su ruina y soledad hacen necesarias actuaciones e intervenciones-algunas de ellas muy profundas- para conservar su alma y su esencia pasadas, para mantener elementos arquitectónicos, esculturales y artísticos con un gran significado, para custodiar su historia, su cultura, su paisaje, su encanto y como no, para mejorar la calidad de vida y el bienestar de sus habitantes.

En definitiva, las ciudades históricas -elementos magníficos y admirables, dentro de mi humilde opinión-, enriquecidas por una infinidad de valores culturales, son realidades vivas habitables y sostenibles. Debería, pues, respetarse su pasado y convertirse, en espacios dinámicos con una adecuada gestión, con estrategias no sólo para su conservación patrimonial, sino también para su enriquecimiento social, económico, cultural y turístico.


Es importante establecer un prototipo de gestión específico, eficaz y adecuado, que marque las líneas y las acciones adecuadas para rehabilitar, conservar y amparar nuestros cascos históricos, respetando sus elementos auténticos y antiguos.
Es necesaria, pues, la participación continuada de inversores y la colaboración dinámica de la sociedad, una comunidad que guarda en el interior de sus núcleos históricos y monumentales su identidad, su cultura y su historia y tiene la obligación y el derecho de transmitir esos valores a las generaciones venideras.
La conservación de nuestros barrios históricos y sus valores materiales, culturales y espirituales debe ser un aspecto relevante a considerar en la planificación de un territorio. Toda intervención debe realizarse con cautela, con precisión y con delicadeza, resolviendo adecuadamente cada escollo, cada tropiezo, cada peligro. Debe ir precedida, además, de profundos estudios multidisciplinares de la mano de sociólogos, arquitectos, arqueólogos, historiadores, antropólogos….. Es necesario conocer la realidad urbana, histórica y cultural de la ciudad para no herirla con cualquier actuación. Es necesaria, también, una concienciación de la sociedad, desde edades muy tempranas, por medio de campañas de sensibilización y de información, sobre la envergadura y significado que poseen los conjuntos históricos dentro de nuestra memoria colectiva.



Existen cientos de núcleos históricos que merecen una visita. Cada uno de sus monumentos y construcciones se erige en testimonio único e incalculable de sus seculares costumbres, leyendas e historia, aspirando a convertirse en un transmisor de toda una riqueza cultural auténtica.
El buen uso del patrimonio que nos ofrecen los conjuntos históricos es el respaldo más adecuado para su apropiada protección, para su progreso y para su crecimiento cultural y social y para conseguir que nuestras viejas ciudades sean realidades vivas, sostenibles y dinámicas.



No quiero terminar esta reseña sin mencionar las siguientes palabras que resumen, con muy pocos vocablos y metafóricamente, todo lo expuesto en este escrito y con las que me siento totalmente identificada. Las he leído en un artículo titulado “La conservación del patrimonio edificado: restauración, rehabilitación y arquitectura moderna” cuya autora es Palma Martínez-Burgos García.
“…la ciudad es como la piel en la que van quedando las señales del tiempo, los recuerdos y las cicatrices que deja el hecho de vivir, y sólo a través de esas señales leemos el pasado; pero sé que no es sólo eso, la ciudad es también un escenario abierto de nuestras memorias y de nuestros sentimientos”.

sábado, 9 de febrero de 2013

Mediterráneos


Así se titula una breve obra de Rafael Chirbes publicada en Anagrama y que descubrí hace unos meses gracias a la mención que de ese libro hace Paco Nadal, periodista de El País, en un interesante blog de viajes y con el que me tropecé de casualidad, navegando por este mundo virtual. Blog que, además, aconsejo seguir, pues acostumbra a publicar artículos y reseñas bastante interesantes. Para todo aquel que esté interesado en visitarlo, esta es la dirección: http://blogs.elpais.com/paco-nadal/.
Como acabo de indicar, precisamente, uno de sus artículos, titulado “Mediterráneos”, hace referencia, al trabajo de Rafael Chirbes y que, según Paco Nadal, es “…de lectura obligada a los ciudadanos y a los forasteros enamorados de este mar-nación”.
En una de sus primeras páginas, Rafael Chirbes comenta: “Hay gentes, libros o ciudades que no entendemos, pero que nos atrapan y nos obligan a visitarlos una y otra vez, seguramente porque advertimos en ellos indicios de que esconden algo que nosotros buscamos”…. “Esos libros, ciudades y gentes inquietantes acaban formando necesarias piezas de nuestra identidad”.
Unas páginas más adelante, Rafael Chirbes indica que “Mediterráneos” trata “de los ecos y espejos cuyas imágenes multiplicadoras han acabado por devolverme siempre a mí mismo. De cómo viajar es leer mejor en unas páginas que ya se habían leído”.
Completo esta introducción con la aportación que realiza Paco Nadal sobre el Mediterráneo y que me parece de lo más sugerente: “El Mediterráneo es el azul de una cala del Adriático, el blanco de una iglesia ortodoxa en Mikonos, el verde de los olivos de Djerba. El Mediterráneo es el violinista armenio que me amenizaba las cenas en la playa de la isla turca de Kekova, el viento húmedo de Levante, los pueblos blancos llenos de buganvillas de las costas de Orán, la ruinas de Siracusa, la sabiduría perdida de la biblioteca de Efeso o de Alejandría. Es la civilización que creció en torno al vino y el aceite de oliva. Es un oasis de palmeras que sume en la penumbra el vergel y alienta un pequeño mundo de huertas, norias, azarbes y acequias.”
A lo largo de la breve y amena obra de Rafael Chirbes, formada por varios artículos, escritos para una revista en los años ochenta y noventa del siglo XX, el autor, a través de sus impresiones, recuerdos, sensaciones e improntas que han marcado sus viajes, nos traslada a Creta, a Valencia, a Estambul, a Lyon, a Génova, a Venecia, a Alejandría, a la ciudad tunecina de Gabes, a Denia, a El Cairo, a Benidorm y a Roma.
 En Creta, el autor se recreó no sólo en los frescos de Knossos, sino en las “modestas ruinas de Gortina” y, sobre todo, en esos pequeños detalles por los que vale también la pena realizar un viaje como un olivo milenario, una basílica, los cipreses, una pequeña figura de terracota o hasta un perezoso felino gatuno.
 
 
De Valencia, Rafael Chirbes destaca su bullicioso Mercado Central que visitó, por primera vez, en su niñez y que le cautivó con su amalgama de colores, su fusión de olores y sonidos, voces y personas; emociones y sensaciones que las revivió, años más tarde, en otros mercados mediterráneos.

De Estambul, el autor  recrea los paisajes y paisanajes de la orilla europea y la asiática: los pescadores intentando vender su fresca cosecha marina, el puente colgante, las colinas, las barcas de madera flotando sobre las aguas del Bósforo, las magníficas cúpulas de las mezquitas y los fieles creyentes que acuden a ellas a rezar, los alminares, los antiguos palacios, el movimiento de los ferris entre Asia y Europa llenos de pasajeros de profesiones y características diversas, las tiendas y establecimientos comerciales de carácter europeo…. En definitiva, su historia antigua y moderna. Y como no, sus bulliciosos bazares repletos de gentes, de cafés y de olorosas especias, de brillantes metales, de delicadas sedas de colores, de magníficas alfombras,…
 
A Lyon la califica como una ciudad situada en una encrucijada de caminos culturales que, dependiendo siempre de donde el viajero proceda a su paso por ella, puede mostrar sugerencias o atributos cercanos a una ciudad europea o a una ciudad mediterránea. Tampoco se olvida Rafael Chirbes de los olores mediterráneos a lavanda, a ajo y perejil, a hierbas aromáticas, o a azafrán que la impregnan.
 
De nuevo, los aromas culinarios de esencias y especias mediterráneas se repiten en su visita a la ciudad de Génova, que fue un importante centro de banqueros y comerciantes a partir del siglo XI, urbe de magníficas arquitecturas civiles y religiosas que pueden depararle al viajero más de una sorpresa. Chirbes se lamenta de que aquella ciudad rica y próspera corra el peligro de entrar en decadencia.
 
 A la tan elogiada ciudad de Venecia, el autor la califica, metafóricamente, con las siguientes palabras: “Venecia es nuestra ciudad secreta e interior, de la que alguien ha construido una maqueta en medio de la laguna adriática…”
 Cuando le toca el turno a la histórica Alejandría, con las referencias a la antigua Biblioteca y a su legendario faro, Rafael Chirbes no puede evitar aludir a los cambios que, a lo largo de los siglos, ha sufrido esta ciudad, una urbe que la define como “Ciudad fénix”, que “ha muerto y resucitado unas cuantas veces”: construcción y destrucción, nuevas obras y ruinas, historia que se relega o se soterra y amplias arterias que atraviesan la ciudad moderna con inmuebles recién edificados.
 En la descripción de la ciudad tunecina de Gabes y de la isla de Djerba, situada en el Golfo de Gabes, se vuelven a repetir escenas expresionistas e impresionistas mediterráneas, de carácter marino, ya observadas y vividas por el autor en otras ciudades de este litoral.
 En su visita a la ciudad alicantina de Denia, el escritor ansiaba encontrar y descubrir antiguos recuerdos de su infancia sobre paisajes y sensaciones guardados en la memoria: como las antiguas, armoniosas y pintorescas viviendas de los pescadores en el puerto mismo de Denia, como añejos sabores, olores y colores, como las vetustas formas e imágenes de una ciudad con su característico puerto o como los arcaicos caminos rurales. Pero desde hace más de cuarenta años, esas pretéritas representaciones  y percepciones que retenía en su memoria se esconden, ahora, tras un tapiz de hormigón y bajo capas de alquitrán. De todo aquello ya no queda, apenas, nada. El desarrollo y la expoliación urbanística que minan el encanto de muchos pueblos, ciudades y rincones paisajísticos y los incendios que han hecho de este territorio un paisaje hosco y desértico son epidemias que afectan a muchos enclaves del Mediterráneo. “Era como si un malvado y destructivo encantador se empeñase en sembrar de fealdad una comarca que había podido permitirse ser paradigma de armonía…” De todas formas, durante su recorrido por esta comarca alicantina, todavía se puede disfrutar de la presencia de algún que otro pino, de almendros florecidos y de árboles frutales, de aguas transparentes, de farallones y calas, de marjales, de algún que otro olivar, de sierras,…
 
 
Nuevas avenidas y edificios se mezclan con los alminares, con las mezquitas otomanas y árabes, con las sinagogas, las iglesias coptas, testigos, todos ellos, del antiguo esplendor de una gran urbe cosmopolita como es la ciudad de El Cairo. Una población que reúne e integra razas, estilos de vida, modos arquitectónicos y religiones diferentes. Y en el horizonte desértico de esta urbe, las pirámides. Aquí la historia se esconde y florece por sus inmensas piedras. No puede faltar la alusión a Khan Khalili, su viejo zoco, en donde se mezclan puestos de artesanía con los típicos cafés y en donde los hombres de viejas pieles arrugadas, tostadas por el sol, comparten el narguile. Para el autor, El Cairo, es un inmenso mercado. Me ha fascinado la descripción que Chirbes hace, precisamente, del viejo, vitalista e insalubre mercado de Rud Al Faraka y de su entorno: “Mucho antes de llegar al edificio central del decrépito mercado de Rud Al Farak el viajero se siente ya aturdido por el ajetreo de animales de transporte, de vehículos de motor cargados hasta los topes de todo cuanto las riberas del Nilo producen. Por todas partes se elevan altos muros de verduras perfectamente embaladas en cajas de tejido vegetal, y aturden los perfumes de las naranjas y granadas, o de los manojos de menta y coriandro, a los que se mezcla el olor de excrementos y sudor de las bestias fatigadas por largos recorridos y también el del humo que desprende la grasa de cordero al quemarse en los carbones encendidos de las cocinillas. Atruena el ruido de las ruedas de madera de los carros al golpear contra el suelo, y se contrapuntea con los que emiten las bestias –ruidos de cascos, relinchos- que se añaden a las voces de compradores y vendedores, a los gritos de mayoristas y descargadores”.
“El Cairo ofrece a quien quiera y sepa leerlo un complicado y bello palimpsesto, en el se mezclan las historias e ilusiones de turcos, armenios, egipcios, persas o judíos”.
 
 
Resulta ocurrente e ingeniosa la descripción que Rafael Chirbes realiza de otra ciudad mediterránea: Benidorm. Dice el autor que aún está por rodar el capítulo dedicado a esta población mediterránea para las series de National Geographic, series que muestran los esfuerzos por sobrevivir de muchas especies animales. Pues, efectivamente, faltaría un capítulo ofrendado a Benidorm y a esos jubilados y personas enfermizas que, durante los inviernos “anidan en Benidorm y ocupan alguna de las miríadas de celdillas de esas gigantescas y verticales colmenas construidas por el hombre… Ese capítulo de National Geographic tendría que contar cómo, en los meses de temporada baja, cientos de miles de ejemplares humanos de la tercera edad atraviesan el continente y recalan en este rincón del Mediterráneo para su hibernación”. De nuevo, la especulación y el desarrollo urbanístico que destruyen y modifican el paisaje y paisanaje de muchas poblaciones mediterráneas y no mediterráneas y de las que, como recuerdo de lo que fueron, sólo queda, en muchos casos, el mar y el cielo.
 
De la bella e imperial ciudad de Roma, rebosante de arte, de seducción y de monumentos y de la que Rafael Chirbes dice que “no ha parado de hacerse y deshacerse durante casi tres milenios”, el autor relata su reencuentro con ella un día frío de invierno, en la soledad de sus plazas y calles, contemplando cada iglesia, cada palacio, cada fuente y estatua con la tranquilidad que se necesita, sin el agobio de marabuntas turísticas humanas. Son varias las Romas que el escritor percibe en su visita y que, gracias a la magia que las imbuye, se pueden unir todas ellas en una sola Roma.
 
 
La memoria genética está presente en todas estas ciudades: en la mezcla y en la diversidad de culturas y de  razas mediterráneas, en los viejos rostros marcados por las arrugas de la experiencia, en las pieles de los hombres tostadas por el esfuerzo diario, en el fuerte olor dulzón a mar, a salitre, a algas, en los paisajes vírgenes, en su verdor o en su aspereza, en las siluetas de las barcas, en las mismas miradas repletas de sabiduría de las gentes, en las escenas de pesca, en los palmerales, en los hombres que disfrutan de sus jubilados momentos de ocio en los bares típicos de los mercados, puertos y zocos, en los cultivos ordenados y mimados, en el viento mediterráneo, en la inmensa llanura del mar, en la claridad y la pureza de la luz,…. Son los elementos de un pasado, de una historia, de unas raíces, de una memoria mediterránea.
 
 

domingo, 21 de octubre de 2012

Arquitecturas sin arquitectos


“A Galicia do futuro depende de nós.
O porvir de Galicia faise agora. Porque a nosa paisaxe, as nosas casas, as nosas rúas e negocios son o reflexo do noso futuro. Coida do teu. Dálle valor”

He transcrito literalmente lo que una campaña publicitaria, impulsada por la Xunta de Galicia, intenta transmitir desde hace bastante tiempo a través de algunos medios de comunicación. Esa campaña publicitaria pretende inculcar a la sociedad el interés por conservar nuestras arquitecturas propias y auténticas, procurando concienciar acerca de su adecuada restauración y rehabilitación, sean viviendas familiares, construcciones adjetivas o de cualquier otro tipo y características.
Y, precisamente, la lectura de esas palabras y las fotografías que las acompañan en los periódicos -mostrando dos instantáneas de una misma construcción: una en situación de abandono y de dejadez, y la otra ya restaurada- me han incitado a la elaboración de este texto sobre arquitecturas que crean paisaje, cuyo título, además, me he tomado la libertad de recogerlo de una brevísima reseña que hace unos años leí en un periódico acerca de la publicación de un magnífico y denso libro: “As construcións da arquitectura popular. Patrimonio etnográfico de Galicia” de Manuel Caamaño Suárez. Se trata de una de esas obras de culto sobre la arquitectura tradicional  gallega y que enriquece  toda biblioteca básica personal.

Y es que tan importante como la naturaleza son las auténticas arquitecturas para conformar un verdadero paisaje en los espacios rurales. Cualquier construcción propia de una zona se erige en un auténtico elemento de nuestro paisaje y paisanaje: las masías catalanas, los caseríos vascos, los cortijos andaluces, los pazos y casas grandes gallegas, y demás tipologías arquitectónicas regionales, así como todo tipo de construcciones adjetivas: las bodegas, los lagares, los batanes, los alpendres, los pajares, los hórreos, los molinos, las fuentes, los pozos, las pallozas, los lavaderos, los palomares, los hornos, las fábricas de curtidos, las herrerías, los talleres de todo tipo y demás explotaciones artesanales e, incluso, las obras de ingeniería como los puentes, las murallas, muros y caminos.
 
 



En cada país y región existe un variado y gran patrimonio popular arquitectónico digno de catalogar, de restaurar y de conservar con una importancia y una dimensión etnográficas, sociales, económicas, históricas, religiosas y culturales tan relevantes y merecedoras de ser valoradas como las de cualquier catedral, monasterio, castillo y palacio.
 
 

Son arquitecturas rurales autóctonas, realizadas por autores anónimos y que, a pesar de los escasos materiales y medios instrumentales con los que entonces contaban, han sido grandes conocedores de las técnicas constructivas artesanales y de ingeniería, del trabajo de la piedra y la madera. Son arquitecturas que, en su momento, respondieron a unas exigencias económicas, sociales y funcionales de intervención sobre un medio paisajístico y natural con el objetivo de alcanzar unas mejores condiciones de vida.

 
 
 
 
Aquellos autores anónimos, arquitectos populares que han sabido salvaguardar la autenticidad y sabiduría  seculares, han logrado que arquitectura y entorno paisajístico alcancen un maridaje y una correcta integración. Es una lástima que, hasta no hace mucho, aquellos artesanos de la ingeniería arquitectónica apenas hayan interesado a expertos y eruditos, por lo que he pensado que bien se merecen un homenaje y una correcta atención, aunque sea desde este tímido blog.  

 
 
Sus trabajos y obras son construcciones humildes, carentes de monumentalidad, pero que encierran la esencia singular y propia de una comunidad, el devenir, los valores y la historia de sus inquilinos y que es, en definitiva, la historia de un pueblo. Son sencillas obras que, hasta no hace mucho, fueron despreciadas, relegadas al olvido y que, con el transcurrir del tiempo se les está empezando a otorgar, por suerte, una merecida categoría cultural e ilustrativa. Aquellos autores, magníficos conocedores del micro cosmos geográfico que habitaban, han sabido respetar, como nadie, el espacio físico en el que se erigían sus edificaciones, el medio natural y paisajístico que las protegían.

 
Cada país y cada región tienen sus propios rasgos culturales, climáticos, sociales, económicos e históricos que los diferencian del resto de las comunidades vecinas. Uno de esos rasgos y expresiones culturales es la arquitectura particular e inherente a una sociedad. Es, en definitiva la riqueza patrimonial de un pueblo, transformada en una de sus tantas expresiones artísticas y culturales. En concreto, en Galicia, la comunidad autonómica que mejor conozco, la variedad geográfica –costa, valles y montañas-, el clima, el aspecto geológico, la vegetación y las actividades pesqueras, agrícolas y ganaderas han ayudado a la diversidad de edificios y viviendas tradicionales con sus soluciones constructivas que se extienden por los núcleos rurales de la comunidad gallega.

 
 
 
Es una pena que no haya quedado apenas constancia de quiénes fueron los autores de esa arquitectura popular, sencilla  la más de las veces, arquitectos anónimos que han logrado compenetrar magníficamente naturaleza y hombre y que, en la mayor parte de los casos, los creadores y ejecutores de esas construcciones eran los propios dueños e inquilinos. ¡¡Quién mejor que nadie para conocer sus personales necesidades y posibilidades!!

A principios del siglo XX y con la explosión de la revolución industrial, se produjo un relevante cambio social y económico, una huída del campo a las ciudades, acompañado del desarrollo del urbanismo y que replanteó y transformó una buena parte del patrimonio inmobiliario, etnográfico y antropológico en el territorio español. Como consecuencia, muchas de esas arquitecturas que, hasta entonces, habían ayudado a construir un paisaje rural, desaparecieron, se aniquilaron, se despreciaron por culpa de la indiferencia y de la impasibilidad de las administraciones y de la irrespetuosidad y el menosprecio de una comunidad social especulativa.
 
 
Por otra parte, aquellos emigrantes, trabajadores que abandonaron el mundo rural a la búsqueda de una mejor calidad de vida, regresan y construyen nuevas viviendas, descartando la restauración de aquellos viejos hogares que languidecen día a día. Aparecen así, desgraciadamente, unas nuevas construcciones inacabadas –especialmente en Galicia-, con el ladrillo a la vista y empleando materiales que deslucen y agreden el paisaje natural que las acoge.

Pero por otro lado, me complace saber que ciertos sectores de la sociedad están luchando para que  aprendamos a sensibilizarnos con el patrimonio popular y cultural de nuestros antepasados, con nuestras ancestrales y auténticas construcciones rurales. Me satisface conocer cómo determinadas asociaciones se aplican en el desarrollo de una adecuada puesta en valor, recuperación, recreación y reanimación de todo ese acerbo arquitectónico que no es poco.
 
 
Me enorgullece que una pequeña parte de la población se afane por defender y proteger unas señas de identidad y unos orígenes para que el paso del tiempo y de la historia no los envejezca ni los marchite más.

 “A unión do home coa paisaxe consiste fundamentalmente na súa relación co medio, exprésase por medio da súa arquitectura, permitindo que ó seu través poida deducirse toda unha cultura”.  (Vicente Risco)

“Unir no noso pensamento, pasado, presente e futuro é a única actitude que pode asegurar a sintonización entre a nosa obra e o país para o que traballamos, evitando a definitiva perda da nosa identidade cultural”.

(Pedro de Llano, “Arquitectura popular en Galicia. Razón e   construcción”.)