martes, 15 de mayo de 2012

Música para el mudéjar

Así se titula un magnífico libro-disco que adquirí durante mi visita a la pequeña y preciosa ciudad de Teruel. Se trata de una joya musical en la que se pretende, como así comenta Javier Sáenz en la introducción, “…ambientar musicalmente uno de nuestros patrimonios con reconocimiento mundial, el mudéjar.” Y creo que el proyecto de musicalizar este patrimonio turolense ha sido todo un logro.
En esta antigua ciudad, de angostas calles y plazas pequeñas e irregulares, convivieron, durante siglos, cristianos y musulmanes. Nos remontamos a una España medieval en la que los reinos cristianos del norte peninsular consiguieron avanzar hacia el sur reconquistando, así, los territorios arrebatados por el Islam siglos atrás. La tolerancia religiosa que parecía existir en aquella España con unas peculiares circunstancias históricas, sociales, políticas y culturales posibilitó el mantenimiento de la población vencida musulmana a la que se le permitió conservar su organización social, su lengua, su cultura y su religión.
“Mudayyan” es el término árabe que, a lo largo del tiempo, ha derivado en “mudéjar” y que significa “aquel a quien ha sido permitido quedarse”. La arquitectura mudéjar de la ciudad de Teruel es, pues, el resultado enriquecedor del arte hispanomusulmán que se desarrolló en el seno de una sociedad cristiana, un fenómeno artístico único surgido de esa convivencia religiosa, política, cultural y social durante la España del medievo. El arte mudéjar es uno de los tesoros indiscutiblemente más destacados del patrimonio cultural aragonés. Ha recibido influencias tanto del arte hispanomusulmán como del cristiano medieval. Como consecuencia, la encantadora ciudad de Teruel fue un gran centro de obras artísticas durante la época medieval, creaciones arquitectónicas y artesanas que el devenir de los siglos ha respetado magnificando la belleza mudéjar de los monumentos de la ciudad de Teruel y que han sido declarados Patrimonio de la Humanidad en el año 1986.



Y entre esos monumentos más antiguos y fascinantes de este arte mudéjar único que se han conservado en esta pequeña población aragonesa destacan la torre de la actual catedral -heredera de la iglesia de Santa María de Mediavilla-, la torre y el claustro de la iglesia de San Pedro, la torre de San Martín y la majestuosa torre de El Salvador. Todas ellas son, además, torres campanarios, y representan el símbolo más legítimo y puro del mudéjar aragonés.
Esta arquitectura ha desarrollado una elegante decoración de arcos lobulados entrecruzados, ventanas abocinadas, ajimeces y arcos de medio punto.


  
Por suerte, el mudéjar se ha afianzado tan fuertemente que ha pervivido, desde entonces, en otras construcciones posteriores a pesar de la llegada de nuevas corrientes artísticas. Un ejemplo es la Torre de la Merced construida durante la Edad Moderna. Y ya, en la segunda década del siglo XX, una gran escalinata, flanqueada por dos pequeñas torrecillas, unirá la estación del ferrocarril de la ciudad con el paseo del Óvalo. Está considerada como la gran obra pública neomudéjar. En ella, además, se puede admirar el relieve de los Amantes de Teruel, realizado por Aniceto Marinas.



Precisamente, pegado a la iglesia de San Pedro, se encuentra el Mausoleo de los Amantes de Teruel, un centro de interpretación que no sólo nos ilustra sobre la trágica historia de amor de ambos protagonistas –Isabel de Segura y Juan Martínez de Marcilla- sino que también nos permite observar sus restos momificados que descansan en dos bellos sarcófagos de celosía, labrados en alabastro y realizados por Juan de Ávalos a mediados del siglo XX. Este curioso centro de interpretación se ha convertido en lugar de peregrinaje para cualquier visitante que se acerque a Teruel. Ambos amantes, junto con el famoso Torico –la pequeñísima escultura de un toro que, desde una alta columna, vigila todo lo que acontece en la céntrica y simbólica Plaza del Torico- son emblemas representativos, identificativos y muy respetados por los turolenses y que forman parte de la historia de su ciudad.

En Teruel, la arquitectura va indisolublemente unida a una colorida y profusa decoración mudéjar para la que se emplea cerámica vidriada verde, blanca, de color miel, negra, amarilla y azul. Esas piezas de cerámica como los fustes, azulejos, platos… se colocan, a modo de friso, en los muros de ladrillo de las construcciones con el objetivo de conseguir color y luz sobre ellos, creando, además, en algunos casos, auténticos tapices decorativos. En los momentos en los que la luz solar incide sobre las piezas de cerámica es cuando estos magníficos edificios mudéjares alcanzan su significado total.


En definitiva, el mudéjar es, quizá, la contribución más auténtica del patrimonio artístico español al arte universal. Pero no pretendo que este artículo se quede en una simple referencia a ese arte mudéjar de la ciudad de Teruel, sino que lo que busco es manifestar mi reconocimiento absoluto por un hermoso trabajo musical que tiene como referencia única esta corriente artística.
Y es que fue precisamente durante el recorrido por el interior de una de las torres mudéjares de la ciudad de Teruel cuando descubrí esta magnífica obra. Mientras subía las escalinatas de la torre de El Salvador y paseaba por sus pequeños espacios y estancias superpuestas, la creatividad musical de Javier Mas y Luis Delgado –se dice que son dos de los músicos que mejor saben interpretar la música andalusí- me seducía en cada uno de los rincones, en cada uno de los peldaños, en cada uno de los ladrillos de la torre, creando una atmósfera musical sugerente y cálida con cada una de las hermosas notas que desprendían instrumentos como el archilaúd, el laúd, la bandurria, el contrabajo, la viola, el acordeón, el clarinete, o los atractivos sones de los instrumentos de origen africano como el sentir, el riq, las karkabas, el udu, las percusiones de agua..; melodías acompañadas, en un par de piezas, por la cautivadora voz de Abdeljalil Kodsi y los coros de Abdelaziz Arradi y Moulay M´Hamed Ennaji que colaboran en este disco.


Son seis los temas que componen este proyecto. Los cuatro primeros –Nostalgia del  mudéjar, Yalulid, Fi lílíet Samar y Aljafería- fueron compuestos por Javier Mas, un admirable músico aragonés, considerado como uno de los más completos dentro del panorama musical actual. Javier Mas es compositor, arreglista, intérprete, director musical, acompañante de otros magníficos intérpretes como Carlos Cano, María del Mar Bonet y del mismísimo Leonard Cohen.
Los dos temas restantes – Tirwal y La Torre de El Salvador-  fueron creados por Luis Delgado, multiinstrumentista, investigador, productor, asesor musical, compositor y colaborador también de otros grandes artistas como Amancio Prada, Kepa Junquera, Emilio Cao…, además de formar parte del Quarteto Medieval de Urueña. Aquí me voy a permitir la licencia de realizar un breve inciso para quien no haya oído nunca mencionar esta pequeña villa vallisoletana. Se trata de un pueblo que ha trabajado arduamente para impulsar un magnífico patrimonio cultural digno de conocer. Entre sus acertadas iniciativas se encuentra el Museo de las Campanas, el del Gramófono o el de la Música cuyos fondos, para este último, han sido cedidos, precisamente por Luis Delgado.
Ambos músicos, Javier Mas y Luis Delgado se han dejado seducir por esta arquitectura de ladrillos, de cerámica, de yeso, por sus efectos coloristas y lumínicos; recreando su nostalgia, sus añoradas escenas e imágenes de otras épocas, de otra vida mudéjar, en el primer tema “Nostalgia del mudéjar”; musicando los ritmos populares de la ciudad de Marrakech en “Yalulid”; evocando al gran maestro y músico nubio Hamza El Din en “Fi lílíet Samar”; realizando un gran homenaje musical a la Aljafería de Zaragoza en “Aljafería”, a la preciosa ciudad de Teruel en “Tirwal” y al mudéjar turolense en el último tema del disco “La torre de El Salvador”. En definitiva, han sabido musicalizar, como nadie, este patrimonio artístico tan genuino. Escuchar las notas melodiosas de este disco nos traslada a la fascinante época medieval turolense y a los inicios del arte mudéjar que no sólo se puede conocer y disfrutar observándolo, palpando sus viejos ladrillos, sino también percibiéndolo por el oído a través de estas hermosas melodías que nos sumergen en un atractivo universo sonoro de mestizaje artístico, de mezcla de culturas.
Este excelente trabajo musical que ayuda a complementar el conocimiento y el disfrute del  hermoso arte mudéjar, especialmente aragonés, va acompañado, además, por un breve pero interesante libro que lo explica.

Recorrer la acogedora ciudad de Teruel, conocer todo su acervo mudéjar, perderse por la calidez de sus espacios intimistas, por sus ambientes de misterio y de recogimiento, dejarse seducir por la luz tamizada del interior de sus arquitecturas,  escuchar sus silencios, sus hermosas melodías ha sido todo un placer para la vista y para el oído.






martes, 8 de mayo de 2012

Pontedeume, la legendaria villa de los Andrade (II)

Sus señas de identidad.
Continuando con el reportaje sobre Pontedeume, inicio esta segunda parte en la que intentaré reflejar sus símbolos arquitectónicos más característicos, puesto que no sólo su viejo puente -sobre el que hice referencia en la primera parte de este trabajo- se ha convertido en el emblema de esta población, también los restos de sus castillos –el torreón de los Andrade y la fortaleza de Nogueirosa- se erigen en verdaderos símbolos representativos de la villa eumesa.

El primero de ellos, el hermoso Torreón de los Andrade,  se levanta en el mismo corazón de la villa, contemplando el mar. Mandado construir por Fernán Pérez de Andrade, se trata de una de las pocas torres góticas, de carácter defensivo, que tenemos en Galicia y que, además, fue testigo de las famosas revueltas irmandiñas. Es el último vestigio que queda del “Pazo do Conde” que se extendía por lo que hoy es el mercado de la villa y la plaza del Conde. Esta espléndida y bien conservada torre del homenaje, de planta cuadrada, con preciosos ventanales de estilo gótico, posee un magnífico escudo de la poderosa casa de los Andrade y Lemos procedente del palacio desaparecido. En él se representan las dieciocho banderas ganadas por Fernando de Andrade a los franceses en la batalla de Seminara en los inicios del siglo XVI. La corona del linaje de los Andrade y un ángel que sostiene una cartela en donde se lee “Nolite nocere” (no hagáis daño) son elementos que terminan de completar esta admirable pieza labrada en granito.


Parece que el palacio fortaleza fue residencia y centro administrativo de la poderosa dinastía gallega de los Andrade. Aquella magnífica construcción, de factura arquitectónica gótica civil fue destruida, lamentablemente, en los años 30 del siglo pasado, por la irresponsabilidad de las instituciones de la época, a pesar de haber sido declarado Monumento Histórico Artístico. No es necesario comentar la barbaridad que se cometió con su derribo. Del edificio sólo nos ha quedado, pues, para el recuerdo, este poderoso y sólido torreón de unos veinte metros de altura que ha sido recuperado para funciones culturales y que alberga la oficina de turismo y el Centro de Interpretación de los Andrade.

A escasos kilómetros de la villa, Fernán Pérez de Andrade mandó erigir en la parroquia de San Cosme de Nogueirosa, sobre una orografía rocosa, concretamente en la denominada Pena Leboreira, a unos 300 metros de altura y en tierras del monasterio de Sobrado dos Monxes, una fortaleza inexpugnable: el esbelto castillo de Nogueirosa, testigo, también, del levantamiento irmandiño, y conocido como el castillo de los Andrade o “castelo da fame”.

Tras las tareas de refuerzo y de mantenimiento de sus restos, este puesto de vigilancia, que parece querer tocar con sus nobles y viejas piedras el mismísimo cielo, se mantiene en pie, dando una soberbia imagen de triunfo y gallardía, dominando los antiguos territorios de los Andrade, un paisaje amplio, natural, impresionante e indómito sobre la desembocadura del Eume, en donde la combinación de tierra, mar  y río alcanza la perfección formando una  conjunción variada de tonos cromáticos azules y verdes que varían dependiendo del momento del día.

Y como las leyendas populares no pueden faltar en la historia de muchas de nuestras fortalezas, ésta no podía quedarse sin un pasadizo secreto que, naciendo en algún lugar no muy alejado, conduciría hasta el palacio de los condes en el mismo Pontedeume; o bien el relato que cuenta  la romántica historia de amor de una pareja de amantes que, por los celos de un alcalde, fueron condenados a morir de hambre en los calabozos del castillo. De ahí procede el nombre de “castelo da fame”. Hasta no hace mucho tiempo, todavía había algún campesino que, al pasar ante los restos de esta pequeña fortificación, todo un símbolo del poder feudal, se santiguaba, al mismo tiempo que murmuraba “Que Deus teña na gloria os que morreron no castelo da fame”.



sábado, 5 de mayo de 2012

Pontedeume, la legendaria villa de los Andrade (I)

El centro antiguo y artístico de la histórica villa de Pontedeume se derrama por la ladera del mítico monte Breamo hasta desplegarse a orillas de la ría y encontrarse con el magnífico puente. Su característica ordenación urbanística de estrechas y rectilíneas calles que guardan intacta casi toda la reminiscencia medieval, sus edificios con corredores y balcones pintados, que conviven armoniosamente con abrigosos soportales y galerías, forman un conjunto arquitectónico junto a la desembocadura del río Eume que, después de recorrer uno de los bosques más bellos que posee Galicia, y como si de un rito funerario se tratase, vierte sus aguas en la bella ría de Ares.

“¿Quen pensa aquí nese arco
Onde o río se fai mar
E vai morrer xunto os barcos
Na hora de baixamar?”
                                             
                                                   (“Polas ribeiras do Eume”, Ramiro Fonte)

Ponte de Ume.
Costa y playas; arquitectura, naturaleza de interior y fragas son elementos relevantes que conforman la comarca del Eume. Entre sus cinco municipios, la legendaria villa de “Ponte de Ume”, enclavada  en el fondo de la ría de Ares, en el golfo Ártabro, y lugar de paso del camino inglés hacia la ciudad compostelana, representa un paisaje de acuarela. Sus magníficos atractivos turísticos, históricos y artísticos son todo un reclamo para acercarse hasta este escenario medieval en el que se impuso el poderío del linaje de los Andrade, más tarde absorbido por la casa de Lemos.

Aunque desde muy antiguo existen noticias y hallazgos que dan fe de la historia remota de este pueblo costero en las Rías Altas gallegas -así lo atestigua la existencia de restos de origen celta o bien las manifestaciones de la huella romana en la denominada villa de Centroña-, serán sus importantes vestigios medievales los que nos señalen la importancia del devenir de esta población que  fue fundada por el rey Alfonso X el Sabio.

Uno de esos elementos que marcan el desarrollo de este municipio es su emblemático puente que mantiene la esencia y los restos de aquella primitiva obra admirable de ingeniería civil del siglo XIV; aunque es probable que la historia de esta construcción se remonte a épocas anteriores. El nombre de esta pequeña villa monumental procede, precisamente, de ese puente sobre el estuario del río Eume, elemento esencial del paisaje que nos ofrece esta localidad, posiblemente una de las más hermosas de Galicia. El primer nombre que recibió este río fue el de Ume, derivando la denominación de la población en Ponte de Ume para convertirse, posteriormente, en Pontedeume.

Y es que Ponte de Ume puede presumir de haber tenido un puente de piedra mandado construir por Fernán Pérez de Andrade, calificado como “O Bo”, primer señor de la villa. En su momento, medía 600 metros de longitud y tenía 79 arcos que se levantaron para sustituir a otro viejo puente de madera.  Entre los arcos veinte y veintiuno, llegó a disponer de una capilla y un hospital que, durante casi 500 años, atendió a los peregrinos procedentes de la cercana población de Neda que, por el camino inglés, se dirigían hacia Santiago, para venerar y postrarse ante el apóstol. En el siglo XIX, esta importante obra de ingeniería fue derruida y se construyó otro puente nuevo.

No debemos olvidar que las leyendas, como parte de la riqueza literaria y popular, surten nuestro arte y nuestra historia de sucesos maravillosos. Y el puente sobre la desembocadura del Eume no podía ser menos. Cuenta, pues, la leyenda que esta magnífica construcción fue levantada por el mismo demonio en una noche. Ledán, un mozo de clase social inferior, y Minla, hija de los condes de Andrade, se habían enamorado. Pero una noche de temporal, Ledán murió ahogado al cruzar la ría para encontrarse con Minla. Ésta no pudo hacer nada por salvarlo. Se le apareció el demonio prometiéndole que, a cambio de su alma, levantaría un puente. Ante esta propuesta, Minla accedió, aunque poniendo como única condición que el puente tenía que estar terminado antes de la llegada del nuevo día para poder ver, por última vez,  el cuerpo de Ledán. Cuando faltaba el último arco por levantar, Minla consiguió cruzar la ría hasta la otra orilla y salvar su alma, a pesar de sentirse muy afligida por el amor perdido.


A lo largo de varios siglos, sólo se podía atravesar el Eume por este puente –que actualmente está formado por 15 arcos-, hasta que fue levantado otro más -el del ferrocarril- y la actual autopista terminada de construir hace muy pocos años. Llegado a este punto, no puedo dejar de invocar, de nuevo, unas breves estrofas del poema “Amigos”, del desparecido Ramiro Fonte, gran poeta del alma, oriundo de este  precioso pueblo coruñés, y en las que evoca, precisamente, su puente:

Viñestes de mar a mar
Desde o noso Pontedeume
Só para me visitar;
E por chorar a min deume. 

Os quince ollos da ponte
Contemplan desde o futuro
As novas datas de onte,
O meu presente inseguro”.

 Hasta hace un par de años, aproximadamente, o aquizá algo más, todavía se podían admirar las figuras de granito de un jabalí y de un oso, los símbolos de los Andrade que, como fieles guardianes de la villa, flanqueaban el puente. Parece que Fernán Pérez había decidido colocarlos entre los arcos 2 y 3 de esta construcción, como demostración de su poder. Desde hace un tiempo, se venía considerando que la contaminación producida por el humo de los coches provocaba su deterioro, por lo que el lugar en el que ambas esculturas estaban ubicadas, desde hace muchísimos años, no resultaba ser el más idóneo. Se tomó, así, la decisión de situarlas en los jardines de la casa de la cultura en donde permanecen desde entonces.


Aunque parte del casco viejo haya sufrido importantes incendios a lo largo de su historia, las llamas no han podido con la esencia medieval que pervive en cada rincón y que nos permite revivir su pasado mientras recorremos sus calles rectilíneas y callejuelas peatonales por las que resuenan los inconfundibles versos de Ramiro Fonte. Durante este itinerario por las rúas que ascienden, lentamente, hasta la iglesia de Santiago, tampoco se debería dejar escapar la oportunidad de contemplar edificios que, todavía, conservan sus escudos blasonados como manifestación de la anterior existencia de estirpes y sagas familiares que plasmaron sus bien patentes huellas en la historia de Pontedeume.

También sus plazas, como la del Conde, la de San Roque, la Real y la del Pan nos sumergen en viejos tiempos. En esta última, la del Pan, se puede admirar la curiosa escultura, en bronce, de una panadera que se erige, en una moderada belleza, como diosa de este alimento.






En los momentos en los que he callejeado por la villa, he tenido la oportunidad de contemplar edificios tales como el consistorial, del siglo XVII, en la llamada Plaza Real, una construcción civil que, a pesar de haber sufrido transformaciones, conserva su torre con el reloj y las campanas; o la Casa del Arzobispo Raxoi, datada en el siglo XVIII, que se caracteriza por poseer una fachada en la que se aprecian elementos arquitectónicos de influencia francesa y otros de la escuela compostelana; o bien la actual biblioteca municipal que ocupa el edificio de la Cátedra de Latinidad del siglo XVI. También son de obligada visita la capilla de las Virtudes, mandada construir por Nuño Freire de Andrade en el siglo XIV, aunque lo que podemos ver, hoy en día, corresponde a la reedificación que se realizó en los siglos XVII y XIX; o la actual Casa de Cultura, situada en el Convento de San Agustín de fábrica renacentista y fundado por Fernando de Andrade. Una vez que dejó de cumplir esta función monástica, sus dependencias se dedicaron a diferentes usos: fue escuela, cuartel e incluso cárcel.



Y ya en el mismo puerto, bañado por las últimas y tranquilas aguas del río Eume, en el que fondean pequeñas embarcaciones, se establecieron las antiguas lonjas, edificadas en la época del Arzobispo Raxoi para la salazón de la sardina y de otros pescados. Son construcciones de escaso valor artístico, pero de gran significado etnográfico, conocidas, también, como “Almacéns Vellos”. Han sido rehabilitadas para convertirse en sede de asociaciones marineras.

 Y, desde luego, destaco la imagen de la majestuosa iglesia de Santiago, del siglo XVI. Aunque el fundador de la capilla mayor renacentista fue el conde Fernando de Andrade, su impulsor ha sido el famoso arzobispo Raxoi, natural y benefactor de esta villa eumesa y uno de los mitrados que más influyó en la transformación de la ciudad de Santiago de Compostela, de la que fue arzobispo. Esta iglesia parroquial de Pontedeume, que llegó a tener cierta vocación catedralicia, posee una llamativa fachada  con unas torres de estilo barroco gallego que se erigen como magníficas atalayas sobre la población. En el interior del templo, además del retablo renacentista y de la bóveda, no hay que perderse el bien conservado sepulcro de aquel su primer impulsor, Fernando de Andrade.

Junto al atrio de la iglesia de Santiago, se conservan los restos de la antigua muralla que, en sus orígenes, tenía nueve torres y cinco puertas. Pero el crecimiento de la villa obligó a que esa muralla, levantada también en tiempos de Fernán de Andrade, fuese demolida. Hoy sólo queda un grueso lienzo. En ese punto, además, se inicia el camino que lleva hasta lo más alto del monte Breamo, evocador de leyendas artábricas, lugar en el que se erige la ermita de San Miguel de Breamo, de origen románico y de una sencilla belleza y en donde se disfruta de unas privilegiadas vistas de las rías de Ferrol, Ares y Betanzos. Lo ideal es realizar la subida, hasta este pequeño templo, a pie.

Está claro que Pontedeume puede presumir de ser una población en la que apenas se ha dejado sentir el mal de la especulación urbanística que, con sus ladrillos y cemento, ha invadido magníficos espacios de otros municipios gallegos. La villa ha conservado y creado ámbitos destinados a la contemplación, a la meditación, al descanso o a la práctica del ejercicio físico como sus jardines, la alameda de Raxoi o su paseo marítimo desde donde admirar no sólo un bello paisaje marino, sino también una preciosa estampa de embarcaciones y de mariscadores realizando las arduas tareas de su profesión en estas aguas atlánticas.


sábado, 28 de abril de 2012

El Barrio Húmedo de León

Leí en alguna parte que la ciudad de León tiene tres grandes tesoros: su elegante catedral gótica, la Real Colegiata de San Isidoro -toda una joya del románico- y el  majestuoso Hostal de San Marcos.

El primero de estos tesoros que he mencionado, la catedral, es su edificio más emblemático, un excelente monumento donde luz y piedra crean una armonía perfecta. Sus magníficas vidrieras de origen medieval proporcionan a las capillas y naves de su interior un sugerente juego de policromías, de luces, de sombras, de transparencias….


Su segundo tesoro, la Real Colegiata de San Isidoro, es la celosa guardiana que ha acogido, durante siglos, los restos de varios monarcas leoneses que yacen enterrados en su Panteón Real, cuyas bóvedas de crucería están decoradas con unos admirables frescos románicos con motivos y escenas del Nuevo Testamento y con un bello calendario agrícola. Se ha calificado la cripta en donde se ubican como la “Capilla Sixtina” del arte románico.
Su tercer tesoro, el grandioso Hostal de San Marcos, en su origen hospital y templo de peregrinos jacobeos, es hoy un lujoso parador de cinco estrellas, toda una espléndida construcción de estilo plateresco.
Pero los tesoros de esta ciudad no se limitan sólo a esas tres joyas artísticas. Edificios como la Casa de Botines, de estilo modernista y construida por Gaudí; palacios como el de los Guzmanes del siglo XVI o el de los Condes de Luna; iglesias como la de Nuestra Señora del Mercado; hermosas plazas como la Mayor -toda ella porticada y en donde los sábados se celebra un populoso mercado-, la acogedora y pintoresca Plaza del Grano, con un carácter marcadamente rural, empedrada y con una fuente clásica en su centro -se la denomina Plaza del Grano porque en ella tenía lugar la feria de cereales-; los vestigios de sus murallas, unas de origen romano y otros lienzos de fábrica medieval; o sus museos como el MUSAC, un edificio vanguardista digno de ver, son ejemplos de otros muchos tesoros que León esconde y que hay que ir descubriéndolos a través de un caminar pausado por su núcleo histórico que no sólo ha sabido conservar éstas y otras valiosas arquitecturas, sino que ha guardado fiel y celosamente la toponimia de muchas de sus calles, plazas y callejuelas. Son nombres evocadores de viejos oficios artesanales como la calle de la Azabachería, Platerías, Zapaterías, Carnicerías…. Son calles y plazas que nos recuerdan la vieja historia de León que se forjaba en sus barrios de carácter popular.

Precisamente, en el corazón mismo del casco viejo de León, el denominado Barrio Húmedo acoge a los visitantes para perderse en un entramado laberíntico de callejuelas, calles y plazas y en donde  la que escribe sufrió, en más de una ocasión, el desasosiego de la desorientación. Este acertado nombre procede de la gran dotación de establecimientos hosteleros y de restauración que se distribuye por sus calles y que ofrece a sus clientes apetitosos platos de la cocina tradicional leonesa acompañados por todo tipo de caldos etílicos y demás brebajes espiritosos a gusto del consumidor, todo un paraíso del buen beber y mejor comer. Así que, asombrada me quedé mientras recorría un  amplio conjunto de animadísimas callejas que se entrecruzan, abundantes en tabernas, bares, restaurantes, mesones no aptos para los abstemios y demás cristianos y no cristianos que mortifican su cuerpo y dominan sus pasiones gastronómicas a base de dietas y ayunos varios. Más asombrada me quedé, todavía, cuando descubrí la gran multitud de tabernarios, aficionados a ese buen beber y mejor comer que, de mesón en mesón, de templo en templo gastronómico, loaban mañana, tarde y noche, al dios Baco por medio del sano ritual del tapeo y del chateo. También es cierto que era Semana Santa, que la ciudad era un hervidero de visitantes y que sus tradicionales pasos procesionales, de interés turístico, atraen a miles y miles de espectadores y curiosos.

Establecimientos veteranos y emblemáticos, antiguas casas de comidas que apenas han sufrido transformaciones en su decoración y en la distribución de sus espacios, conservándose como antaño, y que sirven sabrosos embutidos leoneses y otros deliciosos manjares se mezclan con nuevos negocios para los aficionados a la comida rápida o con nuevos locales que intentan seguir los pasos de esas viejas tabernas con solera que, por suerte, siguen existiendo en la ciudad.
El olor a morcilla, a chorizo, a cecina, a queso, a jamón, a fritos variados, a cordero asado, y demás placeres culinarios leoneses se mezcla con la embriagadora atmósfera que invade cada uno de esos establecimientos. Todo un apetitoso reclamo para entrar en estos santuarios de la gastronomía leonesa -si es que la invasión de fieles que acude a ellos lo permite y no tenemos que recurrir a la técnica de los empellones-, aproximarte al codiciado y sagrado altar y pedir a los solícitos taberneros, fieles siervos actuales de aquel dios Baco, algo con que humedecer el gaznate y tranquilizar el estómago, satisfaciendo, así, las necesidades proteínicas y vitamínicas que nuestros pobres cuerpos bulímicos reclaman.

Y si la visita se realiza en Semana Santa, como así fue en mi caso, parece que es de obligado cumplimiento saborear la típica limonada. Todos estos templos de la gastronomía leonesa colocan, de manera bien visible, el anuncio de “Hay limonada”. Una, que es muy ingenua, se imaginaba que, como la época estival y el calor empezarían a acechar muy pronto por esas tierras leonesas, todas estas tabernas comenzaban a elaborar dulces y sanos refrescos realizados con el zumo de los limones. Hasta que mi acompañante, tan ignorante como yo en cuestión de limonadas leonesas, pero más observador, descubrió que no se trataba de esa bebida fría y saludable.
-          “¡¡Ah no!! ¿Y entonces qué es?”, le pregunté.
-          “Es una mezcla de vino tinto con trozos de frutas”, me respondió él.
Efectivamente, tras observar atentamente yo también, averigüé que la famosa limonada, del color rojizo del vino, la tenían ya elaborada en jarras y lista para servir en vasos achatados. En esas jarras podía apreciar el color morado tan característico del anhelado zumo de uva mezclado con la policromía que ofrecen diversos trozos de frutas variadas flotando por todo el interior del recipiente.
Por suerte, mientras fui desconocedora de los ingredientes de la famosa limonada, no se me ocurrió pedirla en ninguno de los locales en los que entramos durante los tres días que pasamos en León. El ridículo que podría haber hecho yo, por culpa de mi ignorancia en materia de limonadas leonesas, en el momento en que me la sirvieran sería histórico y la consecuente vergüenza que pasaría provocaría que mi rostro adquiriese el mismo color de esa limonada:
-          “No le he pedido un vino, le he pedido una limonada”, le habría dicho al atento camarero.
Aunque creo que existen varias interpretaciones sobre el origen de la limonada leonesa, también denominada “matar judíos”, parece que hay que remontarse a tiempos medievales, cuando, durante la celebración de la Pascua, los cristianos leoneses se acercaban a la judería –el Barrio Húmedo- para vengarse de los judíos, puesto que los consideraban los autores de la muerte de Cristo. Pero a pesar de que durante esos días de carácter religioso, no se permitía el consumo de vino, tanto los guardias, encargados de velar por el buen orden público, como otras autoridades daban su consentimiento para que, en aquellos mesones, se sirviese una bebida elaborada con vino, limón, azúcar y agua. De esta forma, gracias a la embriaguez producida por ese brebaje, los cristianos desistían de tales intenciones violentas.
Está claro que el Barrio Húmedo de León, posiblemente una de las mejores zonas de vino y tapeo de España, ha sabido reforzar y conservar la esencia de la sabrosa cocina autóctona leonesa. Ir de vinos por este barrio es comparable a toda una celebración religiosa pero de índole gastronómica, todo un ritual que ningún visitante debe olvidar realizar. Como bien le dijo el jamón al vino: aquí te espero, buen amigo, también el Barrio Húmedo ahí está, aguardando por sus acólitos para que cumplan con el recorrido procesional por muchos de sus tradicionales santuarios gastronómicos del buen beber y del mejor comer.