Finalizo este extenso reportaje
sobre los faros del norte de Galicia con el último recorrido desde las islas
Sisargas hasta las Lobeiras, todo un hermoso itinerario por la atractiva y agreste
Costa da Morte de Galicia.
Dejo atrás la ciudad de A Coruña
para adentrarme, pues, en la magnífica belleza salvaje de A Costa da Morte.
Frente al litoral de Malpica,
emerge del mar el archipiélago que algunos autores han identificado como las
legendarias islas “Caesáricas”,
conocidas como Sisargas. Concretamente, sobre la isla Grande se erige el faro de
Sisargas, de mediados del siglo XIX. La leyenda cuenta que en estos
islotes existió un templo consagrado a Hércules y altares dedicados al
emperador César Augusto. Pero no se han descubierto restos arqueológicos que
confirmen su veracidad. La única huella del hombre, en este bello paraje
natural, es la luz del faro. Se trata de un sencillo edificio de planta
rectangular con una torre de cantería adosada, de base cuadrada, y que responde
a las pautas constructivas decimonónicas. Las duras condiciones climatológicas
deterioraron el recinto, debiendo restaurarlo, en parte, en los años 70 del
siglo XX. La abundante niebla que, en ocasiones, cubre este tramo de costa fue
motivo suficiente para instalar también una sirena. Aunque el dispositivo ya ha
dejado de funcionar, todavía se conserva lo que se denomina como la “Casa de la Sirena ”, además de un
pequeño helipuerto para mejorar las condiciones de traslado de los últimos
fareros que residieron en la isla hasta el año 2000. Una visita a este
archipiélago nos permitirá disfrutar de uno de los hábitats marítimos más
interesantes de Galicia y lugar ornitológico de importancia.
No queda muy lejos Punta Nariga,
en la parroquia malpicana de Mens, uno de los enclaves más salvajes de A Costa
da Morte, desde donde podemos apreciar unas privilegiadas vistas de las
islas Sisargas. Aquí, el solemne silencio sólo es roto por el batir de las olas
contra los acantilados.
En este pedregoso cabo, de inmensos roquedos trabajados
por la erosión que ha dado lugar a fantasiosas y curiosas formas, se levanta el
esbelto faro
de Nariga, referente de
modernidad, obra del arquitecto
pontevedrés César Portela y que entró en funcionamiento en el año 1998. Este
emblema monumental de la arquitectura farera actual y que rompe con el estilo
unificador y despersonalizado de la época anterior, se edificó, junto con la
otra torre ya mencionada de A Frouxeira, a partir del Plan de Señales Marítimas
aprobado en 1985.
El edificio, que se integra perfectamente en el paisaje, está
estructurado en tres cuerpos muy bien definidos: su torre de fuste cilíndrico y
liso -para ofrecer menos resistencia al viento- realizada con bloques curvos de
granito rosa de Porriño y que termina en una linterna colocada sobre montantes de
acero y bronce, toda ella acristalada. Este fuste se erige majestuoso en la
primera plataforma triangular -un mirador al que todo visitante puede acceder
para contemplar un extraordinario paraje salvaje y marítimo- levantado, a su
vez, sobre el cuerpo principal realizado con sillería gris de Mondariz que
alberga el almacén, las instalaciones del faro y otras dependencias. Bajo esta plataforma, se sitúa otro basamento,
también triangular, en mampostería ciclópea, con uno de sus vértices dirigido
hacia el océano y que, si se observa desde el mar, recuerda la proa de un barco
intentando abrirse entre las rocas para alcanzar las aguas atlánticas. En ese
vértice, además, se colocó la escultura de bronce de una figura fantástica del
artista Manuel Coia, a modo de mascarón de un barco. Su clásico pero atractivo
diseño, la alegoría simbólica que sugieren la torre representando lo estático y
la proa de su plataforma aludiendo a lo dinámico, sus adecuadas soluciones
constructivas y arquitectónicas, su proyección que abarca tradición y
modernidad y su total integración en este impresionante paisaje, batido por el
viento, lo han hecho merecedor del Premio Dragados y Construcciones de
Arquitectura en 1996 que cada año lo otorga la Fundación Confederación
Española de Organizaciones Empresariales.
Al igual que sucede en la punta
lucense de Roncadoira, también la escabrosa y batida punta de Roncudo en Corme -siguiente
parada por esta accidentada Costa da
Morte- ha sabido mantener su topónimo aludiendo, posiblemente, al sucesivo
bramido del mar y a la fiereza de sus aguas bravas. Las blancas cruces que se
disponen por los roquedos de este agreste enclave son testimonios que nos
hablan de la lucha por la vida. Y ha sido en este salvaje paraje, salpicado de
rocas agujereadas por el viento, en donde, a comienzos del siglo XX, se tomó la
decisión de instalar una señal luminosa, un faro sencillo, de forma cilíndrica
cubierto en su exterior con plaqueta cerámica, con un sistema de alumbrado
permanente y ya automatizado.
También en la ría de Corme, pero
en su parte meridional, concretamente en la península de Ínsua, al norte de la villa de Laxe, se proyectó, al
mismo tiempo, la construcción de otro faro, el de Laxe, de reducidas
dimensiones, réplica exacta del anterior. Su edificación vino motivada por la
peligrosidad que suponían las temidas restingas y los bajos rocosos de esta
ría, los fuertes temporales invernales, las nieblas, las corrientes marinas de
la zona y el gran número de naufragios producidos en sus aguas.
Al cruzar la acogedora villa de
Camariñas y atravesando el alto da Vela,
llego hasta uno de los tramos más temidos de A Costa da Morte, pero también uno de los más hermosos: el cabo Vilán.
Aquí domina un auténtico paraíso salvaje de gran valor y es aquí también en
donde, mecido por el viento, se erige el inconfundible y elegante faro decimonónico
de Vilán, en toda su grandeza y espectacularidad.
Su historia ha estado marcada
por destacadas circunstancias y vicisitudes constructivas. En el momento de planificar
la edificación de esta torre, de primera categoría, hubo que enfrentarse al
áspero y complicado relieve de esa península marítima constituida por varios
promontorios rocosos -el principal de todos ellos llamado “Villano de Tierra”- y por un pequeño islote -denominado “Villano de Afuera”-. Descartada la posibilidad
de ubicar el faro en ese islote, se estudia hacerlo en el “Villano de Tierra”. Después de barajar varios emplazamientos, se
opta por construirlo sobre una meseta alejada de la punta del cabo, de fácil
acceso y con bastante piedra de cantería en sus alrededores. Ha sido el ahorro
de costes económicos lo que empujó al levantamiento de la torre en ese punto,
sabiendo, incluso, que el pico más alto del cabo ocultaría la proyección de la
luz hacia el norte; aunque se esperaba solucionar este inconveniente dinamitando
la parte elevada del promontorio. La escasez de presupuestos conllevó que esta
demolición se realizase en diversas fases y que la inauguración de la torre se
atrasase. Una vez agotados todos los reales, y ante el gran volumen y dureza
que ofrecía la roca, hubo que abandonar este desmonte sin poder eliminar el
promontorio que obstaculizaba la visión de la luz y que, precisamente, señalaba
la zona más peligrosa para los navegantes. Al mismo tiempo, la construcción del
propio faro sufrió graves contratiempos originados por la mala calidad de la
piedra del entorno -empleada para su edificación- y por las precarias
condiciones de los trabajadores.
En el año 1854, el faro de Vilán
entra en funcionamiento a pesar del serio problema producido por la ocultación de sus destellos
hacia el norte. Ante este inconveniente, se estudió la posibilidad de construir
un nuevo faro en la plataforma que se formó tras los intentos de demolición de
la peña rocosa del cabo, destruyendo el anterior para aprovechar sus materiales
en la edificación de la nueva torre. Pero la lenta burocracia fue demorando el
proyecto. Mientras tanto, se seguían produciendo desastres marítimos en estas
peligrosas aguas, como el naufragio del buque inglés Serpent en el año 1890 que
se dirigía a Sierra Leona. Sólo tres tripulantes se salvaron de un total de
175. Sus cuerpos recuperados fueron enterrados en la denominada explanada de Porto do Trigo. Aunque esos restos ya no
descansan ahí, hoy todavía se conoce ese lugar de enterramiento como “O cemiterio dos ingleses”. Hasta hace
poco se encontraba abandonado y olvidado; pero al cumplirse el centenario del
naufragio, fue recuperado y convertido en una pequeña y simbólica necrópolis
rectangular, en recuerdo no sólo de las víctimas de aquel mítico desastre, sino
de todos y cada uno de los naufragios ocurridos por A Costa da Morte.
Finalmente, se toma la decisión
de reactivar el proyecto de construcción de una nueva luz, planificando una torre
de sillería de granito, de sección octogonal, de cinco plantas, y rematada en
una cornisa voladiza sobre estilizadas ménsulas. En su parte este, se abre una
hilera de cinco ventanas rectangulares. La falta de espacio en la base del
nuevo faro ocasionó que las dependencias que albergarían las viviendas de los
fareros se levantasen en el desnivel inmediato a esta pequeña meseta en la que
se ubica la torre. Por ello, para poder comunicar ese edificio de servicios con
la torre, se ideó la construcción de unas escaleras de subida en el interior de
un túnel.
Este emblemático faro –el primero
de luz eléctrica en España- se convirtió en aquella época en uno de los más
potentes y de mayor alcance dentro del territorio peninsular y también europeo.
Actualmente, se ha establecido en el recinto de torreros un museo dedicado a los faros, a la conservación
de sus elementos ópticos y eléctricos, a la historia de los naufragios y a las
medidas de seguridad marítima.
Llego a Muxía. Me dirijo a la punta da Barca, un lugar de insólita
belleza y en medio de una zona rocosa junto al borde del mar. Ahí, entre
piedras santas, milagrosas y curativas, se erige el santuario marino de A Virxen
da Barca. Muy cerca del templo, se levanta el faro de Muxía, una pequeña
torre cilíndrica de hormigón, cuya función es la de iluminar la entrada de la
ría de Camariñas.
En el caso de disfrutar de un día
despejado, al fondo podremos vislumbrar el cabo Vilán. Desde aquí es obligada la visita a la punta de
Touriñán, situada en uno de los parajes occidentales más
agrestes de A Costa da Morte, una
salvaje e inhóspita lengua de tierra de unos dos kilómetros de largo, sin
apenas vegetación y rodeada de rocas y espuma. Naturaleza abrupta en estado
puro, todo un regalo para los sentidos.
Tratándose de una zona
frecuentada por buques y teniendo en cuenta la peligrosidad de estas aguas y la
cantidad de naufragios que se producían, se tomó la decisión de construir un
faro de cuarto orden, que responde al modelo tradicional de arquitectura farera
del siglo XIX, un edificio sencillo de planta rectangular con su linterna en el
centro. En los años 80 del siglo XX, se realizó una reforma importante en esta
obra para mejorar sus prestaciones, en proporción al riesgo que presenta este tramo
litoral para la navegación. Se decidió construir otra torre, esta vez
cilíndrica y de hormigón, con un diseño totalmente impersonal, cercana al
primer edificio.
Continuando mi periplo por estos
bravos parajes de A Costa da Morte,
llego al fin del mundo romano: Fisterra. Visitar Fisterra, donde conviven
arenosas y amplias playas junto con agrestes costas, requiere su tiempo. Después
de caminar por las calles de esta villa, de visitar su puerto y los restos de
su castillo sobre el mar, además de sus edificios religiosos, lo mejor es dirigirse hasta el faro para conocer cómo era
este Finis Terrae romano.
La carretera que conduce hasta la
torre, una de las más visitadas de Galicia, sube por la parte occidental del
monte Facho. El cabo de Fisterra, el lugar mágico en donde el cielo, la tierra
y las aguas se confunden, siempre ha estado asociado a mitos, leyendas y antiguos
relatos, como el que narra que fue en este peligroso promontorio, de paredes
verticales que se precipitan hacia el mar, y ante la espectacular visión del
sol sumergiéndose en las profundas aguas del Atlántico, en donde los romanos
levantaron un altar dedicado a este astro y que se llamaba el Ara Solis.
De lo que no cabe duda es que
esta temida punta ha sido uno de los principales referentes para los navegantes
que se dirigían desde el Mediterráneo hasta el Atlántico, y para los buques
procedentes de América. También la llegada hasta este paraje, por tierra, de
una gran cantidad de peregrinos -como meta final del camino de Santiago, bien para
visitar el Santo Cristo de Fisterra,
o bien para quemar sus ropas, como símbolo de purificación de sus penas, mientras
contemplaban el horizonte y la inmensidad del océano- le otorgó fama a este
punto peninsular.
Es probable que, desde tiempos
medievales y hasta el siglo XVIII, sobre el cabo se encendiesen fuegos, para
guiar a los marineros. Estos fachos
serían alimentados por solitarios ermitaños que vivían en pequeños santuarios construidos
en las inmediaciones de este Finis Terrae.
También existe la posibilidad de que aquellos fuegos se empleasen como avisos
defensivos, advirtiendo a los lugareños de la llegada de naves enemigas.
Ya en el siglo XIX, y teniendo en
consideración el importante papel que desempeña este promontorio, como
referente para la navegación, se tomó la decisión de levantar un faro de primer
orden que cumpliría en estas costas gallegas un relevante papel. El autor del
proyecto fue el ingeniero Félix Uhagón que planificó una robusta torre de
sillería de tipo troncopiramidal y de sección octogonal, situada en el patio de
un sencillo edificio rectangular, muy similar a los faros construidos en
aquellos mismos años como el de Vilán o el de Estaca de Bares. Su diseño nos
recuerda la solidez de una arquitectura militar.
El faro de Fisterra fue el
segundo faro gallego en alumbrarse tras el de Estaca de Bares. A finales del
siglo XIX, se efectúan reformas en el edificio de los torreros, levantando una
segunda planta con nuevas dependencias para el personal.
De nuevo, la automatización de la
luz y los grandes avances en la navegación han sido los causantes del abandono
de una gran parte del espacio destinado a vivienda de los fareros. Pero los
trabajos de rehabilitación -realizados en los últimos años- han convertido este
recinto en un centro cultural destinado a auditorio y exposiciones.
También en Fisterra se instaló
una estación semafórica. La relevancia del enclave fue decisivo para emplazar
el primer semáforo de Galicia, edificado por el Ministerio de Marina. Igual que
el levantado posteriormente en Estaca de Bares, el semáforo de Fisterra tenía
cuatro cuerpos. A su alrededor se proyectó una explanada con forma de cruz
latina. El mástil semafórico se situaba sobre un pequeño montículo que se
identificó como aquel Ara Solis de la
Antigüedad. Con el desarrollo de los sistemas radiotelegráficos, la
construcción cayó en desuso. En el año 2000, fue rehabilitado por el arquitecto
César Portela para transformarlo en un establecimiento de hostelería que invita,
a cualquier visitante que se acerque por este remoto confín, a disfrutar del
abrumador paisaje atlántico.
El faro de Cee, de quinto orden
-ubicado a la entrada de la ría de Corcubión y desde donde aprecio una preciosa
estampa del monte Pindo, además de la ensenada del Ézaro y las pequeñas islas Lobeiras-
y la torre emplazada, precisamente, en la isla Lobeira Grande del mencionado
archipiélago completan una ruta imprescindible para el descubrimiento de los
faros del norte de Galicia y de A Costa
da Morte. La posición estratégica que ocupa esa isla en la ría de Corcubión
ha sido el factor decisivo que impulsó el levantamiento de esta nueva luz que,
junto con la de Cee, facilita la navegación por el interior de la ría evitando
los peligrosos escollos que salpican sus aguas. En este islote rocoso, con
forma de plataforma trapezoidal, y muy cerca de las ruinas de una fábrica de
salazón que nunca llegó a funcionar, se yergue esta corpulenta y maciza torre troncopiramidal
de sillería y de sección octogonal, contigua a la fachada posterior del
edificio auxiliar para los torreros. El recinto está constituido por tres
cuerpos rectangulares que nacen de un basamento superpuesto al relieve de la
isla. Desde el mar, nos recuerda una fortaleza dominando el islote que ha sido
declarado espacio natural protegido por el Ayuntamiento de Corcubión.
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Faro de Cee |
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Faro de Cee |
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Illas Lobeiras Faro de Illas Lobeiras Faro de Illas Lobeiras |
Un patrimonio marítimo como símbolo de
identidad.
Tanto los bienes materiales
marítimos como los inmateriales constituyen las señas culturales e
identificativas de las sociedades marineras. Los faros -esos altivos vigilantes
que se mantienen ahí, encendiéndose noche tras noche y diseñando itinerarios
silenciosos de luz a través del océano- nos hablan de intercambios comerciales,
de conflictos bélicos, de arquitectura, de etapas económicas, de historias
particulares, del solitario y duro oficio del farero -hoy casi desaparecido-, de
paisajes únicos, de oscuras leyendas que se han forjado en torno a los
numerosos naufragios…. En definitiva, estas elevadas luces encaramadas sobre
paisajes inolvidables son los signos de identidad que nos narran una manera de
vivir.
“Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
oigo sus oscuras imprecaciones,contemplo sus blancas caricias;
y erguido desde cuna vigilante
soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres,
por quienes vivo, aun cuando no los vea;…..
Luis Cernuda, “Soliloquio del farero”
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