sábado, 17 de marzo de 2012

Cedeira, tierra de mar (III)

Magia y misterio en A Serra da Capelada.
En la última entrega sobre la villa marinera de Cedeira dejé indicado la obligatoriedad de visitar el simbólico santuario de San Andrés de Teixido del que, además, existe una reseña publicada en el blog sobre este centro de peregrinación.

Y es que está claro que Cedeira oculta algo más. Amparada, durante siglos, por recios precipicios costeros, Cedeira esconde leyenda.
Esta villa es el punto de partida para acercarse hasta el enclave mágico y emblemático de San Andrés de Teixido, a unos 12 kilómetros de distancia de la población cedeiresa, y que creo merece una reseña aparte. Desde el mismo centro de la villa, parte la estrecha y empinada carretera que lleva hasta este relevante y mítico punto de peregrinación recorriendo las estribaciones de la Serra da Capelada, un enclave de una belleza natural sorprendente y especial, con un destacado interés geológico, que se extiende desde la villa cedeiresa hasta Ortigueira y Cariño. La carretera serpentea entre terrenos costeros, rudos y escarpados en los que no pueden faltar los bosques autóctonos ni los verdes pastos; y si la niebla acompaña, durante el trayecto, el efecto mágico puede ser realmente sorprendente.
Ahí, bajo impresionantes molinos de energía éolica, pastan los caballos salvajes en libertad. Precisamente, enmarcado por ese escenario prodigioso y autèntico, se celebra, el primer domingo de julio, el “Curro da Capelada” o “Rapa das Bestas”. Un espectáculo de gran importancia etnográfica en la que se realizan actividades relacionadas con la cría del caballo garañón como el marcaje, la corta de las crines o la pelea.

Protegida y escondida por esos impresionantes y escarpados acantilados que permanecen incólumes contra el fuerte batir de un mar embravecido, ubicada en una ladera atlántica occidental de vivos colores verdes, y como si de una aparición se tratara, surge la pintoresca aldea de San Andrés de Teixido, uno de los lugares de peregrinación más concurridos y ancestrales dentro del imaginario gallego y cuyos habitantes no llegan a los 50 vecinos.
Aunque el 8 de septiembre sea el día en el que se celebra su sonada romería, a lo largo de todo el año no dejan de llegar peregrinos y feligreses que no sólo se acercan hasta aquí por motivaciones religiosas, sino también por interés turístico. Nunca olvideis que su santuario atrae a vivos y a muertos. Imagino que muy pocos gallegos ignoran el famoso dicho popular -me atrevería a decir que se trata casi de una sentencia- y que dice que “a Santo Andrés de Teixido vai de morto quen non foi de vivo”. Quien no cumpla con este precepto en vida, tendrá que hacerlo una vez muerto, reencarnado en cualquier especie animal. Así que, aconsejados por la sabiduría y la superstición populares, de prudentes será ir con frecuencia a este singular finisterre gallego.
Además de visitar la capilla y de rezarle al santo, de depositar algún exvoto en el interior de la iglesia –si es el caso-, todo buen peregrino deberá cumplir otros rituales obligatorios como el de conseguir la “herba de namorar”, adquirir los sanandreses, beber de los tres caños de la fuente del santo y echar migas de pan en sus aguas mientras se piden deseos; pero ¡ojo!, si las migas de pan se hunden, no es buen presagio…; también se mojan pañuelos en ella para aplicarlos después sobre verrugas y manchas de la piel con el fin de eliminarlas, dejándolos, a continuación, a “secar el mal” en los árboles.
Está claro que San Andrés de Teixido es un ejemplo representativo de devoción popular en plena naturaleza, de prácticas cíclicas en donde se mezcla lo religioso con tradiciones milenarias y ritos paganos.
Sobre uno de esos ritos, el de la fecundidad, circulaba la siguiente copla:
“Sonche milagros de San Andrés,
que van dous e veñen tres.”

Tampoco hay que olvidarse de adquirir, en los puestos de venta situados en el camino de bajada al templo, y entre otros souvenirs, los llamativos sanandreses, figuras artesanas de colores vivos, realizadas con miga de pan endurecido, y que representan a Cristo crucificado, al mismo San Andrés y los elementos relacionados con su leyenda: la barca, la sardina, el ancla...
Además, al viajero se le ofrecerá de regalo la preciada herba de namorar para conseguir pareja. Para ello, hay que introducir un ramito de esa famosa hierba en el interior de una prenda de la persona amada y, si es posible, susurrarle estos versos:
“A herba de namorare
A herba namoradeira,
A herba de namorare
Tráigocha na faltriqueira”.
Quien sufra mal de amores, ya sabe, pues, a dónde tiene que acudir y qué hacer…

El visitante que se acerque a esta pequeña aldea recóndita de la Serra da Capelada, de angostas calles de piedra, descubrirá que, integrada en el paisaje, predomina una tipología arquitectónica de cachotería encintada en blanco, tanto en las viviendas como en el mismo santuario de fábrica barroca muy sencilla. Se trata de un edificio de carácter rural y humilde nobleza, precedido de un atrio, lugar de reunión de vecinos y peregrinos, además de excelente mirador. En su interior se encuentran las pinturas murales que escenifican el martirio de San Andrés.

Está claro que este magnífico lugar, con destacadas referencias religiosas y mágicas, en donde tradición y naturaleza se compenetran, bien merece una visita. Y es que nadie, ni muerto ni vivo debería dejar de acudir a él, a este hermoso rincón escondido de Galicia, a este enclave intimista que, entre abruptos acantilados, montes ondulados y aguas bravas, apenas se ha transformado ni ha perdido nada de su hechizo.

Después de haber visitado el famoso santuario de San Andrés y, por supuesto, tras haber realizado los obligados rituales que todo buen peregrino debe cumplir en Teixido, continuaremos por la carretera que discurre por esta fascinante sierra y llegaremos a la garita de vigilancia costera denominada Vixía de Herbeira que separa los límites municipales de la villa marinera de Cariño de los de Cedeira. Se trata de una peculiar y sencilla edificación, un pequeño puesto de vigilancia, construido, en el siglo XVIII, para poder prevenir posibles ataques de flotas enemigas. Desde aquí, los giritanos -habitantes que poblaban ese entorno- controlaban este espacio marítimo, caracterizado por la inmensidad de la costa acantilada que lo circunda. Todo un espectáculo, especialmente si la mar está embravecida. Con sus más de 600 metros de caída vertical sobre el océano, constituye un imponente mirador sobre unos cantiles considerados como los más altos e impresionantes de la Europa Atlántica, después de los noruegos. Desde ahí, se aprecian los famosos Aguillóns, unos agudos peñascos que emergen de las aguas como si fuesen uñas de percebes. Al penetrar las montañas en el océano, se dibuja un paisaje único y hechizante, una sensación de fin del mundo, de ahí que se haga referencia a este entorno y a este lugar como “O Cabo do mundo”. Y es que la grandiosidad del mar y la altura de sus asombrosos acantilados enmarcan este territorio en un escenario prodigioso de monumentalidad paisajística y de panorámicas infinitas.

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