viernes, 10 de agosto de 2012

Los faros del norte de Galicia, destellos entre rías (I)

Urbano Lugrís
Galicia ha sido siempre una tierra vinculada al mar, a un mar que atrae, que esculpe y que golpea ásperos y agrestes acantilados; un mar y una costa que nos seducen con sus paisajes y paisanajes perpetuamente iluminados por los destellos intermitentes de los faros que marcan el perfil de este escabroso litoral, señalando las fronteras entre el mar y la tierra.

Mi humilde reivindicación.
Realizar un recorrido por los impresionantes parajes en donde la naturaleza nos habla, con frecuencia, en un tono cruel, y en los que se emplazan esas arquitecturas pioneras que son nuestros faros, se puede transformar en toda una emocionante aventura a través de la historia farera. Mi modesto trabajo intentará acercarse no sólo al devenir histórico de estas peculiares y robustas construcciones –muchas de ellas entre las más importantes del litoral español, al servicio de la seguridad de la navegación-, sino también a los escenarios naturales en los que se encaraman.
Considerando que son edificaciones poco estudiadas y apreciadas, a pesar de su relevante papel, sirva, pues, este reportaje como una mínima aportación que ayude a recuperar el valor de un patrimonio que ha sido parte fundamental de  nuestra historia marítima, siempre dentro de un contexto paisajístico que le otorga a nuestros faros fuerza estética y emotiva.

De la Torre de Hércules a los faros vanguardistas. 
En los albores de la historia, las primeras referencias diurnas, desde el mar, fueron el perfil de la costa y sus accidentes naturales: los cabos, las desembocaduras de los ríos, las islas y otras marcas menores como acantilados y peculiares formas rocosas; indicaciones que durante la noche resultaban inútiles. Fue entonces cuando se vio la necesidad de encender fachos -toponimia que todavía se mantiene en algunos montes cercanos al mar- u hogueras en promontorios estratégicos para facilitar su visibilidad nocturna, que eran atendidas por los lugareños. Estos fuegos empezaron a protegerse por medio de estructuras constructivas que llegaron, incluso, a convertirse en atalayas con funciones defensivas y de vigilancia de las costas.
La edificación de la portentosa Torre de Hércules, faro romano que sigue señalando las rutas a los navegantes que surcan estas aguas atlánticas desde la Antigüedad, marca el inicio de la historia de nuestros faros.


De la Edad Media a la Edad Moderna, el litoral gallego se caracterizó por la escasez de medios de señalización y alumbrado en sus costas. Los fachos y otras señales luminosas -como la instalación de faroles en edificios religiosos, torres defensivas y fortalezas- fueron las únicas referencias visuales empleadas para orientar a aquellos marinos y pescadores locales cuando las condiciones climatológicas resultaban adversas.

A partir del siglo XVIII, la situación estratégica de Galicia llevó a la Marina a constituir una red costera de vigías en garitas, torres y casetas para avistar cualquier flota enemiga. Con el paso del tiempo, la importancia de las rutas comerciales marítimas que bordean nuestro litoral aumentó, lo que motivó que, a partir del siglo XIX –época del gran resurgir de los faros- y ya con la aprobación del Plan Nacional de Alumbrado Marítimo de 1847, se iniciase la edificación y mejora de estas solitarias y modernas señales luminosas; además de la implantación de otras ayudas como los semáforos y las sirenas, para evitar los frecuentes y, en ocasiones, dramáticos naufragios que se producían por la extensa y recortada costa gallega.
Pero los faros levantados resultaron ser sencillos edificios, caracterizados por la uniformidad en los planteamientos constructivos, careciendo, además, de una prestancia estética.
A lo largo del siglo XX, la nota general predominante en la edificación de estas torres ha sido la continuidad arquitectónica con respecto a las luces de la anterior centuria, con un predominio de la funcionalidad, la economía en su levantamiento y la solidez. Además, la implantación de instalaciones automatizadas conllevó cambios en su tipología, prescindiendo de las dependencias para el alojamiento de los fareros. Se construyeron sencillas torres exentas, sin elementos arquitectónicos destacados.
Ya en los años 80, ante la despersonalización y uniformidad de la arquitectura farera, y gracias al Plan de Señales Marítimas de 1985/89, se realizaron proyectos para la edificación de faros con un carácter más creativo, una renovación arquitectónica y un diseño individual y novedoso, en diálogo con el entorno, para dar servicio a aquellos puntos de nuestra costa todavía sin alumbrar. Se les empieza a otorga a estas obras un valor patrimonial y cultural y se impulsa el cuidado del entorno paisajístico y costero en los que están erigidos.


Sería imperdonable no mencionar la figura del farero, que nació al mismo tiempo que estas obras, atento siempre a la seguridad de los navegantes, a prestar su ayuda en los naufragios, a la observación e interpretación de las señales meteorológicas e incluso a la vigilancia del contrabando.  
Pero la llegada del progreso, a partir de las primeras décadas del siglo XX, de los consiguientes avances tecnológicos y de la evolución de la navegación, conllevó la progresiva desaparición del torrero y de su singular micromundo, ocasionando que estas vitales arquitecturas fuesen cayendo, algunas de ellas, en el abandono y en el olvido.
Aunque, gracias a las nuevas reivindicaciones y a programas puestos en marcha por la Asociación Internacional de Señalizaciones Marítimas, a través de su Comité de Faros Históricos, que revaloriza estas construcciones como elementos culturales y patrimoniales, trabajando para su conservación, quizá estemos entrando en una nueva etapa que nos descubre la relevancia de estas dependencias y su asignación para otros usos alternativos como  actividades de ocio o museísticos, sin olvidar la fascinante atracción de unos magníficos parajes costeros en los que están ubicadas.
Dentro de muy pocos días, publicaré la segunda parte de este reportaje, con un recorrido por los faros que se extienden desde Illa Pancha hasta Illa Coelleira.

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